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Fernanda Ramos aceptó ser la esposa falsa de un millonario frente a toda la alta sociedad de Ciudad de México, justo cuando su exnovio la miraba como si hubiera vuelto de entre los muertos para arruinarle la noche.Desde que cruzó la entrada del Salón Imperial de Reforma, supo que no pertenecía ahí. No hacía falta que el candelabro pareciera una lluvia de diamantes sobre las mesas, ni que las orquídeas blancas estuvieran acomodadas con más cuidado que muchas familias. Bastaba ver cómo la gente la atravesaba con la mirada, como si su vestido prestado, sus zapatos incómodos y su bolso viejo fueran una falta de respeto al mármol.
El guardia revisó su nombre 3 veces antes de dejarla pasar.
—¿Invitada de quién?
—De Sofía Luna —respondió Fernanda, intentando sonar segura.
El hombre miró la lista otra vez, como si una mujer como ella solo pudiera haberse colado.
Sofía era su mejor amiga y la organizadora del evento. Había insistido durante 4 días para que Fernanda saliera de su departamento, se maquillara y recordara que la vida no se acababa por un despido y una traición.
Pero para Fernanda sí se había acabado un poco.
En menos de 1 mes, la agencia de comunicación donde trabajaba la corrió por “recorte de personal”, su novio Marcos le dijo que necesitaba espacio y 1 semana después apareció en redes abrazado con una publicista de sonrisa perfecta. Para rematar, el departamento donde vivían estaba a nombre de él. Así que Fernanda ya no tenía empleo, ni pareja, ni casa segura.
Solo tenía esa noche, hambre, vergüenza y la promesa de Sofía de conseguirle postres caros.
Se quedó junto a una columna, comiendo canapés diminutos mientras fingía revisar el celular. Entonces vio a Marcos. Estaba cerca de la torre de champaña, con la mujer por la que la había cambiado. Él se veía tranquilo, bien peinado, satisfecho, como si no hubiera dejado a nadie recogiendo pedazos de vida en bolsas negras.
Fernanda sintió un golpe seco en el pecho y apartó la mirada.
—No llores aquí —se dijo en voz baja—. Ni por él, ni por nadie.
Una señora cubierta de joyas se detuvo frente a ella.
—¿Tú eres mesera?
Fernanda apretó los dedos alrededor de la servilleta.
—No. Soy invitada.
La mujer sonrió apenas, con una crueldad fina.
—Qué curioso. Esta noche están dejando entrar a cualquiera.
Antes de que Fernanda pudiera responder, una voz masculina habló a su lado.
—No a cualquiera. A las personas importantes.
Fernanda volteó.
Sebastián Montoya estaba frente a ella.
Lo conocía por revistas de negocios, por notas sobre inversiones, hoteles, constructoras y acuerdos imposibles. Era de esos hombres que parecían haber nacido con abogado, chofer y enemigos. Traje oscuro, mirada fría, postura impecable. Todo en él decía dinero viejo, poder nuevo y una paciencia peligrosa.
La señora de las joyas cambió de expresión al instante.
—Sebastián, querido…
—Buenas noches —dijo él sin mirarla demasiado.
La mujer se fue con una sonrisa rota.
Fernanda lo observó, confundida.
—Gracias, supongo.
—Fernanda Ramos —dijo él.
Ella se quedó helada.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Trabajaste en Áurea Comunicación. Hiciste la estrategia de crisis para Puertos del Pacífico. La mejor, aunque tu jefe la presentó como si fuera suya.
Fernanda sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Me investigó?
—Recuerdo a la gente competente.
Esa frase le dolió más de lo que quiso admitir. Hacía semanas que nadie la trataba como competente. Solo como despedida, abandonada, incómoda.
Sebastián miró hacia el escenario. Una mujer elegante, de cabello negro recogido y perlas enormes, estaba hablando con varios empresarios. Adriana Montoya, su madre. Junto a ella había una joven en vestido plata, Catalina Alarcón, heredera de una familia poderosa del norte.
Sebastián volvió a Fernanda.
—Necesito un favor.
Fernanda soltó una risa seca.
—Qué bonito. Yo necesito empleo, casa y dignidad. Estamos todos necesitados.
Él no sonrió.
—Pretende ser mi esposa.
Fernanda lo miró como si le hubiera pedido prender fuego al salón.
—¿Perdón?
—Mi madre está a punto de anunciar mi compromiso con Catalina Alarcón. Si lo hace, amarra una alianza empresarial que no puedo permitir.
—¿Y su brillante solución es agarrar a una desempleada en vestido prestado y decir que ya está casado?
—Mi solución es confiar en la única persona de este salón que no parece estar comprada.
Fernanda tragó saliva. Detrás de Sebastián, Marcos acababa de verla. Su rostro cambió de incredulidad a rabia.
—¿Y qué gano yo? —preguntó ella.
Sebastián dijo una cifra baja, rápida, casi sin emoción.
Fernanda se quedó sin aire. Era suficiente para pagar renta, mudanza, deudas y respirar 3 meses sin sentir que el mundo la perseguía.
—Solo 1 hora —dijo él—. Caminas conmigo, sonríes cuando sea necesario y sales de aquí con la cabeza en alto.
Adriana Montoya subió al escenario. El micrófono sonó. Catalina se acomodó junto a ella, lista para ser anunciada como futura esposa.
Fernanda miró a Marcos, luego a la mujer que la había humillado, luego a Sebastián.
—Está bien —dijo—. Pero si quiere una esposa, no me va a esconder como favor barato.
Sebastián ladeó apenas la cabeza.
—¿Qué quiere decir?
Fernanda tomó su mano y caminó directo al escenario.
El salón entero se quedó en silencio.
Adriana dejó de hablar al verlos subir.
—Sebastián, ¿qué significa esto?
Fernanda tomó el micrófono antes de que él pudiera responder.
—Buenas noches. Soy Fernanda Ramos. Y al parecer, algunos llegaron tarde a la noticia de que Sebastián ya tiene esposa.
El grito ahogado recorrió el salón como una ola.
Catalina palideció. Marcos abrió la boca. Sofía, desde una esquina, casi dejó caer su carpeta de producción.
Sebastián se quedó quieto junto a Fernanda, pero su mano apretó la de ella con una tensión que decía que acababan de cruzar una puerta sin regreso.
Y entonces Adriana Montoya sonrió con una frialdad terrible.
—Qué interesante —dijo frente a todos—. Entonces quizá nuestra nueva “nuera” quiera explicar por qué su exnovio acaba de enviarme documentos que prueban que esta mujer fue despedida por fraude.
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