La joven de 22 años fue obligada por su madrastra a acostarse con uno de sus socios comerciales, y huyó desesperada al coche de un desconocido… pero ese momento del destino cambiaría su vida para siempre

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Durante un terrible segundo, nadie se movió.

Entonces Elena corrió hacia la ventanilla del pasajero y golpeó el cristal con ambas manos.

“¡Ayúdenme! ¡Por favor! ¡No me dejen aquí!”
Dentro del vehículo, Matthew Carranza levantó la vista desde el oscuro asiento trasero.

No era el tipo de hombre que se dejaba llevar por el caos. Era el tipo de hombre al que los demás esperaban, temían y obedecían. Su traje a medida permanecía completamente seco. Su rostro no revelaba nada. Su teléfono aún brillaba en su mano tras la llamada que acababa de terminar.

Pero la joven empapada afuera no parecía una trampa.

Parecía alguien que había agotado sus últimas esperanzas.

La mirada de Matthew se desplazó de su mejilla magullada a sus pies descalzos, luego hacia la oscura carretera tras ella, donde la linterna se acercaba.
Su voz era suave.

«Abre la puerta».
El conductor dudó solo un instante antes de abrir la puerta.
Elena se subió al asiento trasero sin preguntarle su nombre. El cálido cuero, el perfume caro y el lujo silencioso la envolvieron como en otro mundo. Se acurrucó en un rincón, temblando tanto que le castañeteaban los dientes.
El coche arrancó.
Solo cuando las luces de la mansión desaparecieron tras la cortina de lluvia, por fin pudo respirar.

«No pueden encontrarme», susurró, agarrando su vestido desgarrado. «Si me llevan de vuelta, me arruinará».
Matthew se quitó el abrigo y se lo puso sobre los hombros. Sus dedos rozaron su brazo y apretó la mandíbula al sentir su frío.

«¿Quién te arruinará?».
Elena cerró los ojos, pero las lágrimas se le escaparon de todos modos.

«Mi madrastra. Esta noche intentó entregarme a uno de sus socios. Dijo que le debía un favor. Dijo que después de todo lo que gastó criándome, mi cuerpo era lo único útil que me quedaba».
El coche quedó en silencio.

Incluso las manos del conductor se apretaron contra el volante.

Elena tragó saliva con dificultad.

«Cuando me negué, me pegó. Luego lo encerró conmigo en la habitación. Escapé por la ventana del baño. No tengo el móvil. No tengo zapatos. Ni siquiera sé dónde estoy».

Matthew la observó fijamente durante un largo rato. Algo peligroso se reflejaba en su mirada serena.

Afuera, un relámpago rasgó el cielo.

Por el retrovisor, otro todoterreno apareció por el mismo camino de tierra y los siguió a toda velocidad.

Elena lo vio.

Se le heló la sangre.

«Son ellos», susurró.

Los faros del todoterreno se alzaron con más intensidad.

Matthew se inclinó hacia adelante y le habló al conductor con una voz tan controlada que sonaba más aterradora que enfadada.