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Al amanecer, Beatriz no esperó a que nadie la llamara.
Se puso un vestido sencillo color azul oscuro, se trenzó el cabello frente al espejo y caminó por los pasillos fríos de la hacienda hasta el despacho de Ricardo.
Él ya estaba ahí.
Respiraba con dificultad detrás de un escritorio enorme, rodeado de mapas, libros contables, telegramas, planos de minas y cartas selladas.
—Llegaste temprano —dijo él.
—Usted dijo que se está muriendo —respondió Beatriz—. Sería muy tonto perder la mañana.
Ricardo la miró unos segundos.
Luego sonrió por primera vez.
Desde ese día, Beatriz dejó de ser la muchacha vendida en una iglesia.
Ricardo le enseñó a leer contratos, revisar cuentas, detectar sobornos y reconocer las firmas de los administradores leales. Le habló de las minas de plata en Pachuca, de los peones a quienes les robaban salario, de los jueces comprados y de los políticos que sonreían en público mientras firmaban traiciones en privado.
Beatriz aprendía rápido.
Demasiado rápido.
Una tarde, revisando un libro de cuentas, señaló una línea con el dedo.
—Aquí falta dinero.
Ricardo levantó la vista.
—Explícate.
—Dicen que la producción bajó 30%, pero los gastos de transporte subieron. Eso no pasa si hay menos mineral. O están mintiendo en la producción, o alguien vende plata por fuera.
El rostro de Ricardo se endureció.
—Mi auditor tardó 2 meses en notar eso.
—¿Quién maneja esa mina?
—Un hombre recomendado por mi tío Horacio.
Beatriz cerró el libro con fuerza.
—Entonces ese hombre se va hoy.
Así empezó su transformación.
Los administradores que antes se burlaban de ella porque “la niña bonita” no sabía nada, comenzaron a bajar la mirada cuando Beatriz entraba al despacho. Ella exigía recibos, comparaba firmas, retenía pagos sospechosos y mandaba cartas con una firmeza que dejaba helados a los hombres acostumbrados a obedecer solo a otros hombres.
—Con permiso, señora —empezaron a decirle.
Y Ricardo, desde su sillón, la observaba con una mezcla de orgullo y tristeza.
Porque mientras ella crecía, él se apagaba.
Había noches en que no podía acostarse porque se ahogaba. Beatriz se quedaba a su lado, leyéndole informes en voz baja, dándole medicinas amargas, limpiándole el sudor frío de la frente.
Poco a poco dejó de ver a la Bestia de la Sierra.
Vio a un hombre brillante, sarcástico, herido y terriblemente solo.
Un hombre al que habían convertido en monstruo para poder robarle sin culpa.
El ataque llegó una mañana de febrero.
Beatriz estaba reunida con el abogado de la hacienda cuando las puertas del salón se abrieron de golpe.
Entró Horacio Monteverde, alto, seco, vestido con traje claro y sombrero fino. A su lado venía doña Amparo, su esposa, con cara de superioridad, y detrás de ellos un médico desconocido cargando un maletín negro.
—Vengo a ver a mi sobrino —anunció Horacio—. Me informan que está incapacitado. Si ya no puede gobernar sus bienes, yo asumiré la administración.
Beatriz se levantó despacio.
—Usted tiene prohibida la entrada a esta casa.
Horacio soltó una carcajada.
—Ay, niña. No juegues a la gran señora. Todos sabemos lo que eres: una pobre vendida para calentar la cama de un moribundo.
El salón quedó en silencio.
Beatriz sintió el golpe, pero no retrocedió.
—Dé un paso más hacia la escalera y antes de que anochezca estará arruinado.
Horacio sonrió con desprecio.
—¿Tú?
Ella sacó un sobre de la manga.
—Hace 3 días compré todos sus pagarés. Debe 200 mil pesos a prestamistas de la capital y de Veracruz. También tengo la confesión del administrador de la mina Santa Lucía, donde declara que usted ordenó robar mineral durante años.
La sonrisa de Horacio desapareció.
—Mientes.
—Pruébelo.
El médico dio un paso hacia atrás.
Beatriz miró su maletín y vio una placa pequeña: “Dr. Silvano Cruz”.
Cruz.
El mismo apellido del médico que había firmado la muerte de Isabel.
De pronto, todo encajó como una puñalada.
—Usted no vino a revisar a mi esposo —dijo Beatriz, con la voz helada—. Vino a terminar el trabajo.
El médico palideció.
—¡Guardias! —gritó ella—. ¡Cierren la puerta!
Los hombres de confianza de Ricardo entraron de inmediato. Horacio intentó sacar una pistola diminuta del saco, pero lo derribaron antes de que pudiera apuntar.
Doña Amparo gritó.
El maletín cayó al piso y se abrió.
Dentro había frascos, jeringas y una receta firmada con nombre falso.
Desde la escalera se escuchó una voz grave.
—Llévenlos a la bodega.
Ricardo estaba de pie, pálido como cera, aferrado al barandal. Respiraba con dolor, pero sus ojos ardían de autoridad.
—Ricardo —balbuceó Horacio—. Tu esposa está loca.
—Mi esposa acaba de salvarme la vida.
Entonces las fuerzas de Ricardo se apagaron.
Beatriz corrió y lo sostuvo como pudo.
—¡Ayúdenme, carajo!
Lo llevaron al despacho. Durante 2 días, nadie entró ni salió de la hacienda. Beatriz mandó llamar a un investigador federal que Ricardo había ayudado años atrás y encerró al médico con documentos, pruebas y amenazas legales hasta que el hombre se quebró.
Confesó todo.
Horacio y Julián Aranda habían unido intereses. Horacio quería las minas. Julián quería a Beatriz y su herencia. El plan era simple y asqueroso: matar a Ricardo con una dosis que pareciera falla del corazón, declarar viuda a Beatriz y hacer que Julián reapareciera como “el amor de su vida”.
Después la casarían, la aislarían y le quitarían todo.
Como habían hecho con Isabel.
Cuando los agentes llegaron desde la capital, encontraron las pruebas acomodadas sobre el escritorio.
Horacio fue arrestado.
El médico también.
Julián intentó huir rumbo a Veracruz, pero lo capturaron antes de subir al barco.
La sociedad, que semanas antes se había burlado de Beatriz, ahora murmuraba su nombre con miedo.
Pero la victoria llegó tarde.
Ricardo seguía muriéndose.
Don Efraín Luján, el médico de confianza de la hacienda, lo examinó durante horas. Al salir, tenía el rostro cerrado.
—El veneno todavía está en su cuerpo. Si no hacemos nada, muere. Si intentamos limpiarlo, puede morir en el proceso.
Beatriz no bajó la mirada.
—Entonces lo intentamos.
Los días siguientes fueron un infierno.
Ricardo sudaba, deliraba, gritaba el nombre de Isabel y se retorcía de dolor mientras su cuerpo expulsaba lentamente años de veneno. Le daban infusiones de hierbas amargas, baños calientes, medicinas que olían a azufre y caldos que apenas podía tragar.
Beatriz no se separó de su cama.
Los sirvientes le suplicaban que descansara.
Ella seguía ahí.
Una madrugada, durante una tormenta, Ricardo dejó de respirar bien. Don Efraín bajó la cabeza, derrotado.
—Se nos va.
—No —dijo Beatriz.
Subió a la cama, tomó el rostro de Ricardo entre sus manos y le habló como si pudiera arrastrarlo de regreso a este mundo.
—Ricardo Monteverde, usted no me sacó de una casa llena de lobos para dejarme sola en esta. Me prometió una guerra. Me prometió un despacho. Me prometió que no iba a mentirme. Así que respire. Respire ahora mismo.
Durante unos segundos no pasó nada.
Luego el pecho de Ricardo se movió.
Una vez.
Otra.
Después soltó un sonido roto y volvió a respirar.
Beatriz lloró por primera vez desde la boda.
Meses después, la Bestia de la Sierra comenzó a desaparecer.
El cuerpo de Ricardo se deshinchó. Su rostro recuperó color. Sus piernas volvieron a sostenerlo. Un día dejó el bastón de plata en una esquina del despacho y caminó solo hasta el jardín.
Beatriz lo vio bajo el sol.
Todavía era grande, fuerte, imponente.
Pero ya nadie podía llamarlo monstruo sin mentir.
Cuando Ricardo estuvo recuperado, volvieron juntos a la Ciudad de México. Entraron a un baile en el Palacio de Iturbide y todos los que habían ido a su boda por morbo se quedaron mudos.
Beatriz llevaba un vestido azul profundo y las joyas antiguas de los Monteverde.
Ricardo caminaba a su lado, erguido, elegante, con una presencia que obligaba a abrirle paso.
—Levanta la barbilla —le murmuró él—. Que vean a la verdadera señora de esta historia.
Esa noche apareció Mercedes entre las columnas.
Don Arturo venía detrás, envejecido, derrotado, sin valor para mirar a su hija.
—Así que ahora te crees gran dama —dijo Mercedes, con veneno—. No olvides de dónde saliste.
Beatriz la miró sin temblar.
Mercedes bajó la voz.
—Sé que tu matrimonio no empezó como matrimonio. Puedo convertirlo en escándalo. Quiero dinero.
Antes de que Beatriz respondiera, Ricardo apareció a su lado.
—Si vuelve a acercarse a mi esposa, compraré cada deuda que tenga y me aseguraré de que termine en la cárcel por extorsión.
Mercedes palideció.
Don Arturo la tomó del brazo y huyeron como ratas.
Esa misma noche, Ricardo llevó a Beatriz al despacho de la casa de la capital. Sobre la mesa había documentos.
—Son papeles de anulación —dijo él—. Tu herencia está recuperada. También puse una fortuna a tu nombre. Ya no necesitas ser mi esposa. Eres libre.
Beatriz sintió que el corazón se le partía.
—¿Libre de usted?
—Libre de una decisión que otros tomaron por ti.
Ella tomó los documentos, los miró unos segundos y los arrojó al fuego.
Ricardo abrió los ojos, sorprendido.
—Beatriz…
—Usted fue el primero que no me vio como moneda de cambio. El primero que creyó en mi cabeza antes que en mi cara. El primero que me dio una guerra y no una jaula.
Él dio un paso hacia ella.
—No te quedes por gratitud.
Beatriz levantó la cara, con lágrimas brillando.
—No me quedo por gratitud. Me quedo porque lo amo.
El silencio se llenó de algo cálido, frágil y poderoso.
Ricardo tomó sus manos.
—Yo te amo desde la noche en que me miraste sin lástima.
Años después, Hacienda La Encarnación dejó de ser conocida como la casa de la Bestia.
Se convirtió en una escuela para niñas huérfanas, una clínica para trabajadores de las minas y una hacienda donde los peones recibían salario justo.
Beatriz dirigía las cuentas con mano firme.
Ricardo la consultaba en todo.
Tuvieron 2 hijos, pero nunca permitieron que nadie dijera que él la había salvado a ella.
Porque la verdad era más incómoda para los chismosos y más hermosa para quienes sabían amar:
se habían salvado mutuamente.
Y cada vez que alguien preguntaba cómo empezó su historia, Beatriz sonreía y decía:
—Me llevaron al altar creyendo que me entregaban a un monstruo. Pero encontré a un hombre herido… y dentro de mí, una fuerza que nadie pudo comprar.
