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PARTE 2
A la mañana siguiente, Mariana despertó con cientos de notificaciones.
El video superaba los dos millones de vistas. Habían descubierto el restaurante donde trabajaba y lo llenaron de reseñas llamándola “la señora del pastel”.
Ricardo ni siquiera se disculpó.
—Te conviene dejar de hacerte la víctima —le dijo mientras se abotonaba la camisa—. Si no hubieras arruinado la fiesta con tu cara larga, nada habría pasado.
Mariana lo miró en silencio.
Por primera vez en cuatro años no sintió tristeza. Sintió claridad.
Esa misma tarde metió la ropa de Sofía en dos maletas, guardó sus documentos y dejó sobre la mesa una solicitud de divorcio escrita a mano.
Ricardo se rio cuando la vio.
—¿Y a dónde vas a ir? No tienes casa, coche ni familia. Sin mí no eres nadie.
Mariana tomó a su hija de la mano.
—Eso es lo que tú crees.
Mientras tanto, en Santa Fe, Santiago revisaba el informe que Tomás había preparado.
Mariana Robles, veintiocho años. Mesera. Sin propiedades. Sin familiares registrados. Sin historial escolar anterior a su llegada a la Ciudad de México cinco años atrás.
—Es como si hubiera aparecido de la nada —dijo Tomás.
Santiago reprodujo el video cuadro por cuadro. Cuando Mariana se levantó, algo brilló sobre su pecho.
Amplió la imagen.
Un anillo de plata con una orquídea.
Santiago dejó de respirar por un segundo.
Cinco años antes había visto esa misma joya en una fotografía colocada en el despacho de don Arturo Alcázar, fundador de Grupo Alcázar, uno de los conglomerados más poderosos de México. La joven de la foto era su única hija, desaparecida de la vida pública después de la muerte de su madre.
Santiago marcó un número que no usaba desde hacía años.
—Don Arturo, necesito preguntarle algo. ¿Su esposa dejó un anillo con una orquídea?
Hubo un silencio largo.
—Se lo entregó a mi hija antes de morir. ¿Por qué?
—Porque anoche vi ese anillo en el cuello de una mujer llamada Mariana Robles.
La voz de Arturo cambió.
—¿Dónde está mi hija?
Santiago le contó todo.
El pastel. Los cuarenta y siete invitados. La suegra sonriendo. La amante grabando. La niña llorando.
Al otro lado de la línea se escuchó una respiración quebrada.
—Mariana se fue de casa porque quería descubrir si alguien podía amarla sin saber quién era —confesó Arturo—. Tomó el apellido de su madre y me prohibió intervenir. Yo sabía dónde vivía, pero prometí respetar su decisión.
—Su decisión terminó ayer —respondió Santiago—. Ya sabe quién es él.
Arturo guardó silencio.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo finalmente—. Pero no la obligues a volver. Déjala elegir.
Santiago colgó y llamó a Tomás.
—Investiga a Ricardo Salgado. No rumores. Quiero pruebas: cuentas, clientes, contratos, todo.
Dos días después apareció el primer hallazgo.
Ricardo había desviado anticipos de compradores, falsificado firmas en tres contratos y usado el dinero para pagar viajes, regalos y un departamento para Fernanda.
Santiago entregó la información de forma anónima al área jurídica de la inmobiliaria y a dos clientes afectados.
El viernes, Ricardo fue citado por su jefe.
El lunes, lo despidieron.
El martes, Fernanda lo bloqueó.
El miércoles, el banco congeló una cuenta vinculada a las operaciones irregulares.
Y el jueves, cuando Ricardo regresó furioso al departamento para buscar a Mariana, encontró la puerta vacía, las llaves sobre la mesa y una tarjeta de presentación.
“Victoria Chen, abogada familiar.”
Debajo había una nota:
“Mañana sabrás quién era realmente la mujer que humillaste.”
Ricardo sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Y todavía no había visto el documento que Victoria llevaba dentro de su portafolio…
