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Leo respondió con orgullo: “Somos cinco. Nací siete minutos primero”.
Harrison cerró los ojos. Cinco años. Las matemáticas estaban claras.
—Tripleta —susurró.
Chloe asintió.
Los muchachos no entendían por qué este extraño los miraba como si hubieran surgido del pasado. No sabían que Harrison había sido una vez el esposo de Chloe. No sabían que sus últimas palabras para ella habían sido crueles.
“¿Por qué no me lo dijiste?” Me preguntó.
Chloe se rió sin humor. “¿Quieres hacer esto aquí?”
– Sí.
Cuando Harrison se acercó a su brazo, Lucas saltó frente a ella. “No toques a mi mamá”.
Harrison se congeló e inmediatamente se soltó.
“No estamos haciendo esto frente a ellos”, dijo Chloe.
– Tú desapareciste -se rompió Harrison-.
“No”, respondió ella. – Me borraste.
Por un momento, el viejo Harrison pareció parpadear, el hombre que había amado antes que el orgullo y la sospecha los destruyera. Entonces su máscara volvió.
“Quiero hablar”.
“Quiero llevar a mis hijos a casa”.
Sus ojos brillaron. “Nuestros hijos”.
El aire cambió.
Leo levantó la vista. “¿Nuestro?”
Harrison se dio cuenta de su error demasiado tarde.
“Mamá,” Leopreguntó Leo cuidadosamente, “¿es nuestro padre?”
Chloe se arrodilló frente a ellos, deseando poder deshacer el momento.
“Hay cosas de las que tenemos que hablar”, dijo en voz baja. “Pero aquí no”.
“¿Pero es él?” Leo insistió.
