PARTE 2 A la mañana siguiente, Valeria bajó las escaleras con un pañuelo negro en la cabeza…

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Doña Carmen, que siempre dejaba el aire acondicionado encendido, terminó abanicándose con una revista vieja. Raúl pidió préstamos para restablecer sus servicios y comenzó a recibir llamadas extrañas a todas horas. Valeria continuó trabajando desde su estudio. Su empresa no recibió renuncias. Al contrario, su jefe le concedió unos días de licencia remota y asistencia legal después de que ella le contara parte de lo sucedido. Al cuarto día, Valeria encontró lo que buscaba en la vieja computadora portátil de Raúl: apuestas en línea, préstamos con tasas de interés exorbitantes, fotos de hoteles y transferencias bancarias a alguien llamada Brenda. Esa noche, puso los papeles sobre la mesa. "Me debes más de 900.000 pesos", dijo. "También vendiste el dinero de mi boda y empeñaste la pulsera que me dejó mi abuela". Doña Carmen palideció. "Raúl,—Dime que no hiciste nada de esto. —¡Lo hice porque me abandonó! —gritó, señalando a Valeria con el dedo—. Un hombre también necesita sentirse amado. Valeria soltó una risa amarga. —¿Y para sentirte amado, necesitabas una amante y dinero robado? Esa misma noche, instaló pequeñas cámaras en la sala y el pasillo. Sabía que cuando pierdes tus privilegios, revelas tu verdadera naturaleza. No se equivocaba. A medianoche, fingió estar dormida. Raúl y Doña Carmen entraron en su habitación con una linterna. Abrieron los cajones… Registraron las bolsas e intentaron forzar una caja fuerte donde pensaban que encontrarían las escrituras. Dentro, solo encontraron un trozo de papel: «La casa está a mi nombre. La escritura también. Buenas noches». Al día siguiente, nadie le habló. Pero Raúl tenía un plan aún más maquiavélico entre manos. Dos días después, regresó con Brenda, una mujer con mucho maquillaje, encaramada en tacones altos, con su vientre de embarazada enfundado en un vestido ajustado. —Quisiera presentarte a la mujer que me dará una familia —dijo Raúl—. Está embarazada de mi hijo. Así que firma los papeles del divorcio y déjanos la casa. Doña Carmen lloró de alegría y abrazó a Brenda. —Mi primer nieto, mi bendición. Brenda miró a Valeria con desdén. —No es mi culpa si una mujer no sabe cuidar de su propio hijo.

 

 

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