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Aun así, alguna parte desesperada de ella seguía queriendo una mentira a la que pudiera sobrevivir.
Un malentendido.
Una conexión profesional.
Un error que admitiría con vergüenza.
Pero allí estaba, ante doscientos invitados, con los dedos de Sabrina rodeando su brazo y sin rastro de vergüenza en el rostro.
Richard llegó al centro del salón de baile, tomó el micrófono de manos del coordinador del evento y lo tocó una vez.
El sonido retumbó en la habitación.
Cada conversación se desvanecía.
Clara sintió que el bebé se movía de nuevo, esta vez más fuerte, como si el silencio abrupto le hubiera sobresaltado.
Los ojos de Richard recorrieron la multitud. Por un breve instante, se posaron en Clara. Su mirada era azul, clara e imposible de descifrar.
Luego miró a otro lado.
"Gracias a todos por venir esta noche", dijo, con voz profunda y cálida, la voz que los donantes creían y los periodistas adoraban. "La Fundación Donovan siempre ha defendido la familia, la lealtad y el valor para construir un futuro mejor."
Clara casi se rió.
Le subió por la garganta como una cuchilla.
Familia.
Lealtad.
Futuro.
A su lado, Sabrina bajó las pestañas y se inclinó más cerca.
Richard continuó: "Hay personas en nuestras vidas que nos entienden a un nivel que otros nunca podrían. Personas que están con nosotros no por deber, sino por verdad."
La habitación pareció congelarse a su alrededor.
Clara podía oír su corazón retumbar en sus oídos.
Richard levantó ligeramente su copa hacia Sabrina.
"Por la gente que realmente nos entiende."
El jadeo fue silencioso. La gente adinerada rara vez se permitía algo tan obvio. Pero Clara aún la oía pasar por el salón de baile, oculta bajo el tenue anillo de cristal y el suave roce de alguien moviéndose en su silla.
Sabrina sonrió como si le hubieran puesto una corona en la cabeza.
Clara permaneció completamente quieta.
Sus rodillas se sentían inestables. Su piel se había enfriado bajo la seda de su vestido azul medianoche. En algún lugar cerca de la mesa de subastas, una mujer susurró: "Dios mío", y otra susurró de vuelta: "Delante de su esposa embarazada."
El móvil de Clara vibraba dentro de su bolsa.
La abrió con unos dedos que se sentían desconectados de su cuerpo.
Un mensaje de Richard.
Sonríe. Quédate donde estás. No me avergüences.
Las palabras miraban hacia arriba desde la pantalla como una bofetada.
No "lo siento".
No "Déjame explicarte."
Ni siquiera la negación de un cobarde.
Sonríe.
Quédate donde estás.
No me avergüences.
Clara levantó la mirada.
Richard seguía sujetando el micrófono, seguía sonriendo, seguía dominando la sala. El rostro de Sabrina estaba inclinado hacia él, iluminado por la victoria. Los donantes observaron. La junta observaba. La ciudad observaba.
Y algo dentro de Clara, algo que llevaba meses doblándose en silencio, por fin dejó de ceder.
No lloró.
No gritó.
