Me había comprado un cuchillo de chef precioso y de alta calidad, de esos que se sienten perfectamente equilibrados en la mano. Estaba orgulloso de él. Lo usaba para todo. Y un día, después de una sesión de cocina particularmente larga, lo metí en el lavavajillas sin pensarlo.
Cuando la saqué, la hoja estaba desafilada, picada y descolorida. El mango tenía una pequeña grieta. El cuchillo que tanto amaba estaba arruinado. Me quedé destrozada.
Ese día aprendí que no todo se puede lavar en el lavavajillas. Algunas cosas son demasiado delicadas, demasiado valiosas o demasiado especiales como para someterlas al ambiente agresivo de un ciclo de lavado.