A las 2:13 de la madrugada mi hijo me advirtió: “Mamá, apaga la luz y escóndete; papá no puede verte”. Desde un cuarto oculto vi a mi esposo entrar con una jeringa, revisar nuestra cama y buscarme por toda la casa. No salí ni cuando se fue. Horas después encontré tres pólizas recientes… pero el seguro era apenas una parte de lo que planeaba quitarme.

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PARTE 1

—Mamá, baja el interruptor general de la casa. Escóndete. Y, por favor, no confíes en papá.

Eran las 2:13 de la madrugada cuando la voz de mi hijo Nicolás me dejó helada.

Yo estaba sola en la casa de San Ángel que había heredado de mi padre, una casona antigua que yo misma restauré cuando todavía trabajaba junto a él. Ricardo, mi esposo desde hacía catorce años, me había escrito media hora antes diciendo que una junta en Santa Fe se alargaría hasta el amanecer.

—¿Nico? ¿Qué pasó?

—Hazme caso, mamá. Luego te explico.

No pregunté más. Apagué el interruptor principal y toda la casa quedó en negro.

Durante la remodelación había construido, detrás de un clóset de nogal, un pequeño cuarto de resguardo para documentos, planos y algunas piezas que pertenecieron a mi padre. Ricardo nunca supo que existía.

Entré, cerré el panel y me quedé agachada, con una mano sobre la boca.

Unos minutos después escuché una llave en la puerta principal.

Pasos.

Lentos.

Demasiado cuidadosos para ser los pasos normales de mi marido.

Subieron por la escalera y se detuvieron frente a la recámara.

A través de una diminuta ventilación vi una silueta entrar. Era Ricardo. Llevaba gorra, chamarra oscura y guantes. En una mano traía una linterna pequeña. En la otra, algo que hizo que se me secara la garganta: una jeringa.

También llevaba una hoja doblada.

Se acercó a la cama, tocó las sábanas y se quedó inmóvil al descubrir que estaban vacías.

—Laura… —susurró.

Nunca había escuchado mi nombre sonar así.

Mi celular vibró dentro de mi mano. Nicolás me había enviado capturas de un historial de búsquedas sincronizado con una cuenta familiar.

“Cómo hacer parecer accidental una muerte por medicamentos.”

“Seguro de vida y fallecimiento por accidente.”

“Síntomas de depresión severa.”

Sentí náuseas.

Ricardo revisó el baño, abrió el vestidor y pasó la luz de la linterna sobre el clóset que me ocultaba. Durante cinco segundos, el haz se quedó detenido justo frente a mi cara, separado de mí por unos centímetros de madera.

Luego se fue.

Veinte minutos después regresó para comprobar si alguien se había movido.

No salí hasta el amanecer.

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