²
PARTE 1
—¿Quién te enseñó esa canción?
Alejandro Ramírez dejó los cubiertos sobre la mesa y se levantó tan bruscamente que su madre casi derramó la copa de agua.
Afuera del restaurante, sobre la avenida Chapultepec de Guadalajara, un niño de unos siete años cantaba frente a una pequeña bocina. No era una canción conocida. Alejandro lo sabía porque aquellas cuatro líneas las había inventado él mismo trece años atrás, cuando vivía con su entonces esposa en un cuartito de Tonalá.
—¿Qué pasa? —preguntó doña Teresa.
Alejandro ni siquiera respondió.
A sus cuarenta y dos años poseía una empresa de transporte de materiales, tres bodegas en El Salto y más de cuarenta camiones. Aquella noche había llevado a su madre a cenar para celebrar la apertura de una nueva sucursal.
Pero bastaron cuatro versos para borrar de golpe quince años de negocios.
El niño terminó de cantar y corrió hacia una mujer que recogía unas monedas.
Alejandro sintió que se le cerraba la garganta.
—Mariana…
Ella levantó la mirada.
Ocho años sin verse quedaron reducidos a unos cuantos segundos.
Mariana López estaba más delgada. Llevaba un suéter sencillo y el cabello recogido. Había cansancio en su rostro, pero también aquella misma firmeza que Alejandro recordaba demasiado bien.
—Mucho tiempo —dijo ella.
Entonces salió doña Teresa.
Primero vio a Mariana.
Después vio al niño.
Su bolsa cayó al piso.
Alejandro volteó inmediatamente hacia su madre. Doña Teresa, una mujer que jamás perdía la compostura, estaba blanca.
—¿Mamá?
—Me mareé.
Pero Alejandro conocía ese rostro.
No era mareo.
Era miedo.
Se acercó al pequeño.
—¿Cómo te llamas?
El niño miró a Mariana antes de responder.
—Mateo López.
—¿Cuántos años tienes?
Mariana tensó el rostro.
—Alejandro, no tienes por qué interrogarlo.
