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“¡Entrégame los siete millones de la venta del departamento de tu mamá, porque ese dinero también es de mi hijo!”
Eran las seis de la mañana cuando mi suegra, Doña Teresa, entró a mi casa como si fuera la dueña. Ni tocó. Ni saludó. Solo empujó la puerta con tanta fuerza que el golpe hizo temblar el marco.
Yo estaba en la cocina, todavía con la misma sudadera negra que había usado la noche anterior para revisar papeles. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar, no por sueño, sino por seis meses de duelo que no terminaban.
Mi mamá, Lucía Hernández, había muerto de un derrame cerebral. Toda su vida fue enfermera en el Hospital General de la Ciudad de México. Trabajaba turnos dobles, comía parada, se compraba zapatos baratos aunque le dolieran los pies, y siempre decía: “Mija, algún día quiero dejarte algo para que no dependas de nadie”.
Yo era su única hija.
Mi esposo, Diego, en cambio, había sido casi un fantasma desde que ella murió. En el velorio estuvo veinte minutos porque “tenía una junta”. Cuando tuve que vaciar el departamento de mi mamá en la colonia Del Valle, dijo que le daba tristeza y se fue a jugar pádel con su hermano Alejandro. Cuando fui con el notario, fui sola. Cuando firmé papeles, lloré sola.
Pero esa mañana Diego sí estaba ahí.
Entró detrás de su mamá, peinado, bañado, con camisa planchada. Como si fueran a una cita importante. Como si mi dolor por fin les interesara.
—¿Ya cayó el dinero? —preguntó Doña Teresa, mirando mi celular sobre la mesa.
Me quedé helada.
—Buenos días, Teresa —dije, intentando mantener la calma.
Ella soltó una risa seca.
—No te hagas la fina, Marisol. Sabemos que ayer se cerró la venta. Siete millones por ese departamento. Tu mamá tuvo suerte.
Sentí una punzada en el pecho.
Suerte.
Mi mamá no tuvo suerte. Mi mamá se partió la espalda durante cuarenta años. Ahorró cada peso, invirtió sin decirle a nadie, compró ese departamento cuando todos le decían que una mujer sola no podía. Ese dinero no era un premio. Era su vida convertida en ladrillos, documentos y sacrificios
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