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—Si tanto le molesta el humo, lárguese al panteón de una vez, viejo.
Don Aurelio Martínez no se movió.
La cuchara de madera quedó suspendida sobre la olla de frijoles, y por un momento el vapor le empañó los lentes partidos de años, aunque todavía seguían completos en su cara.
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La cocina olía a arroz rojo, caldo de pollo, tortillas calientes y ese humo agrio de cigarro que no pertenecía a la comida ni a la casa.
Ese humo se le metía a Don Aurelio por la garganta como si le estuvieran raspando el pecho desde adentro.
Afuera pasaba un vendedor de tamales gritando en la calle, con esa voz cansada que subía por la ventana abierta y se mezclaba con los ruidos del edificio.
Adentro, en cambio, lo único que quedó claro fue la burla de Marisol.
Ella estaba sentada en la mesa pequeña de la cocina, con las piernas cruzadas, el cigarro entre los dedos y una taza de café convertida en cenicero.
Cada vez que sacudía la ceniza, lo hacía con una calma que parecía calculada.
No era descuido.
Era dominio.
Don Aurelio tenía sesenta y ocho años y un asma que se había vuelto más cruel desde que Lupita, su esposa, murió.
Antes de eso había aguantado de todo.
Aguantó jornadas de doce horas en talleres de la Ciudad de México, motores calientes, grasa metida bajo las uñas, gritos de clientes, dolores de espalda y manos endurecidas por apretar piezas que otros no podían mover.
Aguantó inviernos sin chamarra buena porque Ricardo necesitaba útiles.
Aguantó comidas frías porque salía tarde del taller y todavía pasaba a pagar algo de la escuela.
Aguantó vender su camioneta cuando su hijo dijo que quería una boda decente.
Lo que no sabía era que algún día iba a tener que aguantar que le llamaran estorbo en el departamento que él mismo había comprado.
—Marisol, por favor —dijo, levantando el inhalador con más vergüenza que enojo—. Fuma en el patio. Nada más eso. Me falta el aire.
Marisol ni siquiera apagó el cigarro.
Lo miró como se mira a un mueble viejo que ya no combina con nada.
—Esta también es mi casa.
La frase cayó con una seguridad que a Don Aurelio le dolió más que el humo.
—Si le molesta, váyase a encerrar en su cuartito —añadió ella.
El cuartito.
Así le decían ahora al espacio donde lo habían ido empujando poco a poco.
Antes era bodega.
Ahí guardaban herramientas, cobijas, cajas de adornos, algunos recuerdos de Lupita y cosas que nadie quería tirar.
Después, cuando Ricardo y Marisol se instalaron de manera definitiva, el cuarto principal se volvió de ellos, la sala se volvió de ellos, la cocina se volvió de ella, y Don Aurelio terminó con una cama angosta, un ropero viejo y la foto de su esposa sobre una pared que se descarapelaba en una esquina.
Nadie lo expulsó de golpe.
Eso hubiera sido más honesto.
Lo fueron haciendo por centímetros.
Primero le pidieron permiso para quedarse unas semanas mientras se acomodaban.
Luego Marisol cambió las cortinas.
Después Ricardo movió sus herramientas.
Más tarde aparecieron nuevas reglas, nuevos horarios, nuevas quejas.
Y un día, sin que nadie firmara nada, el dueño de la casa empezó a pedir permiso para sentarse en su propia mesa.
Don Aurelio pudo decir la verdad en ese instante.
Pudo decir que el departamento no era de Ricardo ni de Marisol.
Pudo decir que lo había comprado antes de la boda, antes de las deudas emocionales, antes de que su hijo confundiera ayuda con obligación.
Pudo decir que durante quince años había dejado que vivieran ahí porque creyó que la familia se cuida sin andar enseñando escrituras.
