El Golpe Que Hizo Temblar La Casa Que Creían Que Ya Era Suya

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—Perdóname —susurró.

La punzada llegó de golpe.

Primero fue una presión en el pecho.

Luego un ardor.

Después la sensación terrible de que el aire estaba del otro lado de una puerta que no podía abrir.

Don Aurelio buscó el inhalador en el bolsillo.

Sus dedos lo tocaron.

Lo sacó.

Pero la mano le falló.

El inhalador cayó al piso y rodó hasta quedar cerca de la puerta.

Don Aurelio intentó inclinarse para alcanzarlo.

No pudo.

La foto de Lupita quedó mirando hacia él desde la mesita, con ese gesto de domingo tranquilo que ahora parecía una despedida.

—Perdóname, Lupita —alcanzó a decir otra vez.

Después cayó.

El golpe de su cuerpo contra el suelo fue apagado por una cobija vieja.

Desde la sala, Marisol escuchó algo.

No se levantó.

—¿Y ahora qué rompió el viejo? —dijo con fastidio.

Ricardo tardó unos segundos en responder.

Tal vez seguía revisando el celular.

Tal vez seguía enojado.

Tal vez estaba esperando que su padre saliera humillado, con la cabeza baja, para demostrar que el golpe había servido.

—Papá —gritó desde el pasillo—. Ya no hagas ruido.

No hubo respuesta.

Eso debió bastar para preocuparlo.

Pero Ricardo no se preocupó de inmediato.

Caminó hacia el cuartito con pasos pesados, molesto por tener que interrumpir su propio enojo.

Empujó la puerta.

El seguro resistió.

—Papá, abre.

Silencio.

Golpeó con los nudillos.

—No hagas tus numeritos.

Marisol apareció detrás de él, todavía con el olor a cigarro en la ropa.

—Déjalo. Se hace la víctima.

Ricardo iba a contestar algo, pero entonces bajó la vista.

Debajo de la puerta, junto al marco, estaba el inhalador.

No en la mesita.

No en el bolsillo.

No en la mano de su padre.

Tirado.

Cerca del hueco.

Como si hubiera caído durante una urgencia.

Ricardo se inclinó un poco.

Y fue entonces cuando vio la otra cosa.

Una esquina de papeles se asomaba bajo la puerta.

No eran periódicos.

No eran cartas viejas.

Eran hojas ordenadas, con sellos, fechas, copias, firmas y carpetas abiertas sobre el piso del otro lado.

Algo en el estómago de Ricardo se apretó.

Marisol dejó de sonreír.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Ricardo no contestó.

Puso la mano sobre la perilla, esta vez sin gritar.

El enojo se le había ido de la cara y en su lugar apareció una expresión que Marisol no le conocía.

Miedo.

—Papá —dijo más bajo—. Abre.

Nada.

La cocina seguía oliendo a frijoles, cigarro y tortilla quemada.

La taza con ceniza seguía sobre la mesa.

Los lentes rotos seguían junto al fregadero.

Todo lo que habían hecho en los últimos quince minutos seguía ahí, convertido en prueba silenciosa.

Ricardo empujó la puerta con el hombro.

Una vez.

Dos.

La madera crujió.

Marisol retrocedió, ya sin risa, ya sin palabras.

Cuando el seguro cedió, la puerta se abrió apenas unos centímetros.

Lo primero que Ricardo vio fue la mano de su padre en el piso.

Lo segundo fue el inhalador.

Lo tercero fueron los papeles.

Y antes de poder entenderlo todo, antes de poder tocar a Don Aurelio, antes de poder fingir que nada había pasado, leyó una línea en la carpeta más cercana.

Entonces comprendió que no solo había golpeado a su padre.

Había golpeado al hombre que todavía tenía en sus manos la casa que ellos creían suya.