El niño callaba cada vez que preguntaban por su mamá, hasta que el abuelo lo siguió con un vaso de leche en la mano y descubrió por qué tenía tanto miedo de hablar

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PARTE 2

Me quedé pegado a la puerta de la bodega, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera salirse. La voz de aquella mujer era débil, quebrada, pero había algo en ella que me resultaba familiar. No podía ser. Mi mente se negaba a aceptarlo.

—Mamita, hoy vino mi abuelito —dijo Nicolás—. Él sí es bueno. Yo creo que él nos puede ayudar.

Hubo un silencio largo. Después, la mujer respondió:

—No, mi niño. No le digas nada. Tu papá se va a enojar. Ya viste lo que hizo la última vez.

Sentí un frío horrible subir desde mis pies hasta la nuca.

¿Tu papá?

Di un paso atrás, pisé una cubeta de plástico y el ruido rebotó en todo el patio. Adentro, Nicolás dejó de hablar. La bodega quedó muda.

—¿Quién anda ahí? —gritó Rebeca desde la cocina.

Me enderecé rápido y fingí caminar hacia el lavadero.

—Yo —contesté—. Buscaba una llave que se me cayó.

Rebeca apareció en la puerta trasera con los brazos cruzados. Me miró como si supiera que yo había visto demasiado.

—Aquí no tiene nada que buscar, don Mateo.

—Solo quería lavar mis manos.

—El baño está adentro.

Sus ojos no se apartaron de mí ni un segundo. Entonces apareció Alejandro detrás de ella. Su cara estaba pálida, tensa.

—Papá, ya se hizo tarde. Te pido un taxi.

—No necesito taxi —respondí—. Todavía quiero tomar café con mi nieto.

—Nicolás está castigado —dijo Rebeca—. Se portó mal.

En ese momento la puerta de la bodega se abrió. Nicolás salió con la sudadera vacía y los ojos rojos. Se quedó paralizado al verme. Rebeca caminó hacia él y lo tomó del brazo con demasiada fuerza.

—¿Otra vez allá? —le susurró, pero yo la escuché—. ¿Qué te dije?

—Me dolía la panza —mintió el niño.

—No me veas la cara.

—Suéltalo —le ordené.

Rebeca fingió una sonrisa.

—Ay, don Mateo, no exagere. Nomás lo estoy llevando adentro.

Pero Nicolás me miró como si estuviera pidiéndome auxilio sin atreverse a hablar. En sus ojos había una súplica que ningún abuelo podría ignorar.

Esa tarde me fui, pero no me fui lejos. Dejé mi coche estacionado dos calles abajo, frente a una tienda de abarrotes, y esperé. Tenía las manos temblando sobre el volante. Quería entrar y tumbar la puerta a golpes, pero sabía que si actuaba por impulso podía ponerlos en más peligro. Llamé a un viejo conocido, el comandante Salcedo, un hombre que había trabajado conmigo años atrás cuando yo era perito en la fiscalía.

—Mateo, dime que no es otra de tus corazonadas —me dijo.

—Escúchame bien. Creo que hay una persona retenida en la casa de mi hijo.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Tienes pruebas?

—Tengo la voz. Tengo al niño llevando comida. Y tengo miedo de que si espero, mañana sea tarde.

Salcedo suspiró.

—No puedo mandar una unidad solo por eso. Necesito algo más.

Esa noche no dormí. A las seis de la mañana regresé a la calle de Alejandro. Me quedé dentro del coche, con una gorra y lentes oscuros, observando la casa. A las siete, Alejandro salió con Rebeca. Iban discutiendo. Ella llevaba una mochila negra. Él revisaba el celular a cada rato.

Media hora después, la puerta se abrió apenas. Nicolás salió con uniforme escolar, pero no caminó hacia la calle. Miró a ambos lados, corrió al patio y volvió a entrar por atrás. Yo bajé del coche y me acerqué por la barda lateral, donde había un hueco entre las bugambilias.

Desde ahí vi algo que me rompió.

Nicolás llevaba un vaso de leche y una bolsa con pan dulce. Se arrodilló frente a la puerta de la bodega y habló bajito.

—Hoy sí voy a decirle al abuelito. Aunque mi papá se enoje.

Entonces la puerta se abrió más, y por la rendija vi una mano delgada, llena de moretones viejos, tomando el vaso.

No era una desconocida.

Era Mariana.

La primera esposa de mi hijo. La madre de Nicolás. La misma mujer que Alejandro nos había dicho que se había ido a Estados Unidos tres años atrás, abandonando al niño sin mirar atrás.

Sentí que el mundo se me caía encima.

Mariana no se había ido.

La habían escondido.

Justo entonces, un coche se detuvo frente a la casa. Alejandro y Rebeca regresaron antes de tiempo. Nicolás escuchó el motor y soltó el vaso. La leche se derramó en el piso.

Rebeca entró al patio como una fiera.

—¡Te dije que si volvías a abrir esa puerta, ibas a arrepentirte toda tu vida!

Nicolás gritó. Yo saqué el teléfono con manos torpes y marqué a Salcedo.

—Manda a todos los que puedas —le dije—. Ya sé quién está encerrada.

Y cuando Alejandro levantó la mano contra mi nieto, yo salté la barda sin pensar en nada más.