El objeto que luchaba quedó atrapado entre las finas puntas metálicas de

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El objeto atrapado entre las finas puntas metálicas de las pinzas no era un insecto, ni tampoco un parásito común de los bosques de Montana. Era una masa negruzca y compacta, aproximadamente del tamaño de un escarabajo, recubierta de una sustancia oscura y espesa que se había endurecido como laca a lo largo de décadas.

Cuando Clara lo atrajo completamente hacia la luz de la lámpara, la masa no se retorció por la vida, sino por la repentina liberación de tensión. Se desenrolló ligeramente, convirtiéndose en un grotesco y enmarañado cúmulo de hilo, sangre seca y cera vieja. Pero bajo la corteza orgánica, algo metálico brillaba.

Elías dejó escapar un largo y entrecortado suspiro que sonó casi como un sollozo. La presión cegadora que había dominado el lado derecho de su cerebro durante treinta años desapareció tan abruptamente que se desplomó contra la mesa, con los ojos en blanco mientras su cuerpo quedaba completamente flácido.

—¡Elías! —exclamó Clara, dejando caer las pinzas. El objeto cayó con estrépito en el cuenco de porcelana con agua caliente. La laca oscura comenzó a disolverse, mezclándose en el agua como tinta.

 

 

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