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La rutina y el primer olor
A las diez de la mañana comenzó la rutina de siempre: pañal, comida, limpieza, cuentos. Javier no permitía cuidadores ni visitas. Decía que era por privacidad, que no quería extraños observando la “desgracia” de su hijo.
Mientras le leía un cuento, un olor extraño llegó a mi nariz. Primero leve, casi imperceptible. Luego volvió, más fuerte.
Revisé el pañal de Leo por reflejo. Estaba limpio.
Fui a la cocina. Todo parecía normal: la vitrocerámica apagada, los mandos en off. Me dije que era imaginación mía. Javier solía decir, entre risas, que yo era distraída, paranoica, incapaz de notar los detalles importantes.
Pero el olor regresó.
Y esta vez era inconfundible.
El gas
El mareo llegó de golpe. Una presión en la cabeza, un sueño pesado, antinatural. Caminé tambaleándome hasta el armario donde estaba la bombona de gas.
En cuanto abrí la puerta, escuché el siseo.
El regulador estaba torcido.
Intenté ajustarlo, pero mis manos temblaban. Las piernas dejaron de responderme. Caí al suelo de la cocina, con el corazón desbocado y la vista oscureciéndose.
Pensé en Leo.
Pensé que no iba a poder salvarlo.
Leo se levanta
Entonces escuché ruedas.
Luego pasos.
Pasos firmes.
Alguien se inclinó sobre la bombona. Manos rápidas, seguras. El regulador fue arrancado y el siseo cesó.
Forcé los ojos.
Era Leo.
De pie.
Sin saliva. Sin cuello torcido. Con la mirada clara, alerta, adulta.
—No grites —susurró—. Aguanta la respiración. Papá quería matarnos hoy.
El aire volvió a mis pulmones como un golpe brutal. Tosí, lloré, me aferré al suelo.
Y la realidad se rompió.
La verdad empieza a encajar
