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Leo abrió las ventanas, encendió los ventiladores y me dio agua con calma.
—No fue un descuido —dijo señalando el regulador—. Mira los arañazos. Usaron un destornillador. Falta la junta de goma.
Negué, todavía aturdida.
—Papá jamás se olvidaría de algo así. Es meticuloso hasta la obsesión.
Entonces enumeró todo con una precisión inquietante: la verja cerrada desde afuera, las ventanas selladas antes de irse, la orden de no salir, el seguro de vida renovado hacía poco.
—Si tú te desmayabas y yo seguía “paralizado”, una chispa bastaba para que todo pareciera un accidente doméstico.
Me faltó el aire.
Y entonces dijo lo impensable.
—Yo nunca estuve paralizado. Fingí.
Me contó lo del accidente de su madre. Los frenos cortados. Su padre debajo del auto. Su decisión de fingir discapacidad desde entonces para sobrevivir.
Todo empezó a encajar.
La cámara
El teléfono sonó.
Era Javier.
Leo volvió a su silla en segundos, recuperando la postura torcida, la mirada vacía.
Contesté con voz controlada.
Javier preguntó por ventanas, olores, gas. Cada pregunta era una trampa. Respondí con cuidado.
Al colgar, me derrumbé.
Leo me señaló una esquina del salón.
—Cámara. La instaló la semana pasada. Dice que es un sensor, pero no lo es. Solo cubre el salón; el pasillo de servicio queda fuera del ángulo.
—Nos está mirando ahora mismo.
La actuación
Llegó un mensaje: que encendiera la luz, que quería ver a Leo.
Leo fue directo:
—Abofetéame. Y finge que estás fuera de control.
Lo hice.
Actuamos una escena caótica y convincente frente a la cámara. Yo delirando, él llorando.
Javier respondió con falsa preocupación y me dijo que durmiera, que no abriera la puerta.
Nos estaba empujando a morir lentamente.
La prueba definitiva
