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Un descubrimiento nocturno
El reloj marcaba las horas con fuerza en la oscuridad; el suave zumbido de la casa a mi alrededor me recordaba inoportunamente que el sueño me eludía una vez más. Yacía en la cama, con las sábanas enredadas entre las piernas, sintiéndome ansiosa e irritada. Afuera, la noche estaba en calma, ni siquiera el susurro de las hojas rompía el silencio. Mi teléfono vibró en la mesita de noche, una luz tenue iluminaba la oscuridad, y lo cogí, entrecerrando los ojos para mirar la pantalla. Una alerta de cámara. El corazón me latía con fuerza. Eran las 3:00 de la madrugada.
No tenía intención de convertirme en el tipo de mujer que esconde cámaras por toda la casa. Me había prometido a mí misma que no sería así. Pero después de meses de inquietud, de ver a mi hijo Matthew llorar de forma diferente cuando yo no estaba, recurrí a medidas desesperadas. Veintiséis cámaras, escondidas por todas partes: se convirtieron en mis compañeras secretas. Las coloqué con cuidado, un ejército silencioso para pillar a Rosa, nuestra niñera, en el acto de lo que fuera que me inquietaba tanto.
