PARTE 1
—Ya no te necesito, Valeria. Firma, recoge tus cosas y vete antes de mañana.
Sebastián Rivas lo dijo sentado en la cabecera del comedor, en un departamento elegante de Polanco, como si estuviera cancelando una reservación y no 7 años de matrimonio.
Frente a él estaba Valeria, quieta, con las manos sobre la mesa de mármol. A su lado, una hoja blanca decía “Convenio de divorcio”.
Junto a Sebastián, pegada a su brazo, estaba Renata, su asistente de 26 años, con un vestido rojo tan apretado que parecía haberlo elegido para celebrar una humillación.
En el sillón, doña Graciela, la madre de Sebastián, sonreía con esa boca delgada de mujer acostumbrada a sentirse superior.
—Por fin vas a hacer algo inteligente, hijo —dijo ella—. Una mujer sin familia, sin apellido y sin hijos nunca debió entrar a esta casa.
La palabra “sin familia” cayó sobre Valeria como una piedra vieja.
Ella había crecido en casas ajenas, entre parientes que la recibían por lástima y tutores que la cambiaban de lugar cuando ya no podían con “otra boca que alimentar”.
Nunca tuvo una madre esperándola en la puerta. Nunca tuvo un padre que la defendiera. Por eso, cuando Sebastián le prometió frente a la Catedral Metropolitana que él sería su familia, Valeria le creyó con el alma completa.
Pero esa noche, el mismo hombre usaba su herida como arma.
—No pongas esa cara —dijo Sebastián, empujando el documento hacia ella—. Fuiste buena mientras me convenías. Pero ahora estoy a otro nivel. Me necesitan en juntas grandes, con gente de Santa Fe, Monterrey, Querétaro. No puedo presentarme con una huérfana que no sabe ni de dónde viene.
Renata soltó una risita.
—Ay, Vale, neta, no lo tomes personal. Cris… digo, Sebas, necesita una mujer que sí combine con él.
Doña Graciela la miró de arriba abajo.
—Además, ni hijos pudiste darle. ¿Qué clase de esposa eres?
Valeria no respondió.
Durante años había soportado comentarios en cenas familiares, indirectas sobre su “sangre desconocida”, burlas por su ropa sencilla, órdenes disfrazadas de consejos.
También había soportado las llegadas de Sebastián a las 2 de la mañana, el perfume de Renata en sus camisas y los mensajes que él borraba con torpeza.
Pero aquella noche no iba a rogar.
Tomó la pluma.
Sebastián sonrió, esperando verla temblar. Renata se acomodó el cabello, lista para disfrutar el momento. Doña Graciela cruzó las piernas con satisfacción.
Valeria firmó.
