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pcial, quince minutos antes de la ceremonia; su rostro estaba pálido de ira bajo un maquillaje impecable.
—¿Qué demonios es esto? —siseó—. No puedes hacerme esto el día de tu boda.
La observé con atención, a la mujer en la que una vez confié como a una hermana y que había respondido a esa confianza con una envidia convertida en sabotaje.
—Ya lo hice —dije.
Se quedó boquiabierta. “¿Por una conversación privada?”
“Porque planeaste destruir mi vestido, perder mis anillos y te jactaste de intentar acostarte con mi prometido.”
“Eso no es lo que quise decir.”
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