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Teresa había visto salir a Ana cargando fotografías, papeles y objetos personales, pero también había visto las habitaciones todavía llenas.
Nadie que estuviera intentando salvar deliberadamente todo lo suyo habría dejado atrás décadas de pertenencias.
Rita volvió la mirada hacia la casa.
Su siguiente pregunta llegó demasiado rápido.
—¿Y ahora qué pasa con lo que me prometiste?
Víctor giró hacia ella.
No preguntó dónde dormiría él durante la recuperación.
No preguntó si estaba bien.
No preguntó qué había perdido Ana.
Preguntó por la promesa.
Por primera vez, Víctor escuchó sus propias palabras desde el otro lado.
Tres niveles.
Jardín.
Garage para dos coches.
Lo mínimo que te mereces.
Había hablado de aquella casa como si fuera un premio que podía entregar, sin mencionar que Ana había vivido allí durante veintidós años y sin aceptar que legalmente el nombre que aparecía en los documentos no era el suyo.
—Ahora no es momento —dijo.
Rita cruzó los brazos.
—Para ti nunca es momento.
—Acabo de salir del hospital.
—Y yo llevo dos años esperando.
La frase quedó entre ellos.
Dos años.
Teresa bajó la mirada, incómoda, y decidió regresar a su casa.
Víctor se quedó frente a las ruinas con una mujer que acababa de confirmar, sin querer, exactamente aquello que Ana había escuchado detrás del biombo verde.
Esa tarde intentó localizarla seis veces.
Ana respondió a la séptima.
—¿Qué hiciste? —preguntó Víctor.
Ella tardó un momento en contestar.
—Salí de mi casa.
—Sabes de qué estoy hablando.
—Sí.
—La casa se quemó.
—Lo sé.
—Y tú te habías llevado tus cosas.
Ana miró la maleta junto a la pared.
—Me llevé una maleta.
—Qué casualidad.
