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PARTE 2
El domingo amaneció limpio y frío. Valeria llegó en una camioneta gris, cargando una mochila nueva. Mauricio guardó agua, comida, un botiquín y una cámara.
—Hoy solo quiero fotos bonitas y recuerdos familiares —dijo.
Esteban llevaba el celular oculto en el chaleco, grabando desde que salimos. También había dejado una carta en la caja de seguridad de mi hermana Elena, con instrucciones para entregarla a la Fiscalía si no regresábamos antes de medianoche.
Durante el trayecto, Valeria volvió a hablar del testamento.
—Todavía pueden arreglar lo del fideicomiso. Si ocurre un accidente y los papeles no están listos, todo se vuelve un desastre.
—¿Qué clase de accidente? —pregunté.
Mauricio bajó el volumen de la música.
—Habla en general, Lucía. No busques problemas donde no los hay.
Al llegar, el sendero oficial estaba lleno de familias. Valeria nos condujo por una vereda lateral.
—Por aquí hay menos gente y la vista es mejor.
La subida se volvió empinada. Esteban fingía cansancio para obligarlos a hablar. Yo preguntaba por sus deudas, mientras Mauricio respondía con evasivas.
Una hora después llegamos a una plataforma de roca sin barandal, suspendida sobre un barranco.
—Pónganse cerca de la orilla —ordenó Mauricio levantando la cámara.
—Aquí está bien —respondí.
Valeria se colocó detrás de nosotros.
—Mamá, deja de desconfiar.
Me volví y vi su rostro sin máscara.
—Sé lo de Diego.
Mauricio bajó la cámara. Valeria apretó los puños.
—Papá te contó.
—También sabemos del dinero, las firmas falsas y tus deudas.
En vez de negarlo, soltó una risa seca.
—Diego siempre fue el favorito. Iba a quedarse con todo. Yo solo tomé lo que me correspondía.
—Lo mataste —dijo Esteban.
—Tú me ayudaste a ocultarlo. No finjas que eres inocente.
Mauricio miró alrededor.
—Ya basta. Hagamos lo que vinimos a hacer.
Valeria avanzó hacia mí.
—Si hubieran firmado, nada de esto sería necesario.
Esteban sacó el teléfono.
—Todo quedó grabado.
Mauricio se lanzó sobre él. Forcejearon cerca del borde. Yo intenté apartar a Valeria, pero me sujetó del brazo.
—Debiste seguir creyendo que Diego se cayó.
Me empujó.
Esteban alcanzó a sujetarme, pero Mauricio lo golpeó por la espalda. Los cuatro perdimos el equilibrio y caímos por una pendiente de piedra hasta el fondo del barranco.
El dolor me atravesó como fuego. Oí a Mauricio gemir y a Valeria arrastrarse.
—¿Están muertos? —preguntó él.
Valeria se acercó. Sentí sus dedos en mi cuello y contuve el aire.
—Sí. Los dos.
—Entonces repitamos la historia —murmuró Mauricio—. El viejo tropezó, jaló a Lucía y nosotros caímos intentando salvarlos.
—Cuando cobremos el seguro pagamos a Ramiro —añadió Valeria—. Después vendemos la casa.
Sus voces se alejaron buscando señal.
Esteban abrió apenas los ojos.
—El teléfono sigue grabando —susurró—, pero no sé cuánto aguantaremos.
Minutos después escuchamos un helicóptero. Valeria lloraba desde arriba:
—¡Mis padres cayeron! ¡Por favor, sálvenlos!
Cuando los paramédicos descendieron, fingimos estar inconscientes. Nos trasladaron a un hospital de Oaxaca.
En urgencias, una enfermera llamada Marisol notó que yo apretaba los dedos cuando Valeria se acercaba.
—Si puede oírme, mueva un dedo —susurró.
Lo hice.
—¿Su familia le hizo esto?
Moví tres dedos.
Marisol salió a buscar ayuda. Antes de que regresara, Valeria entró sola, se inclinó sobre mi cama y dijo:
—Esta vez debiste morir igual que Diego.
Abrí los ojos. Valeria retrocedió, pálida. En la puerta, un policía acababa de escucharla.
Mauricio apareció corriendo con el celular de Esteban.
—¡Tenemos que irnos! —gritó—. Descubrieron la grabación.
El agente bloqueó la salida. Valeria miró a su esposo, después a mí, y comprendió que veinte años de mentiras estaban a segundos de derrumbarse.
Pero lo que encontraron dentro de aquel teléfono era mucho peor de lo que cualquiera imaginaba…
