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PARTE 2: La voz de mi papá no sonaba borracha.
Eso fue lo que más miedo me dio.
En la casa arrastraba las palabras, olía a cerveza y golpeaba la mesa como un hombre perdido. Pero en esa fábrica abandonada su voz era firme, fría, limpia.
Como si ese fuera el verdadero Arturo Maldonado.
Ramiro salió de la oficina con las manos levantadas.
—No le digas hijo como si no supieras lo que hiciste.
Mi papá entró.
Traía una pistola.
Detrás de él apareció el licenciado Salas, el mismo abogado que semanas antes había llegado a nuestra casa con los papeles del embargo. El mismo que le habló a mi mamá como si ella ya estuviera fuera de su propia cocina.
Salas me vio escondido con la carpeta amarilla.
—Dame eso, muchacho.
Yo apreté los papeles contra el pecho.
Mi papá levantó la pistola hacia Ramiro.
—Ya arruinaste tu vida una vez. No arruines la del niño.
Ramiro soltó una risa seca.
—Tú arruinaste la mía cuando mataste a Aurelio.
El nombre de mi abuelo rebotó contra las paredes.
Aurelio Vargas.
El hombre que, según mi mamá, murió cuando yo era bebé.
El hombre del que en la casa casi nunca se hablaba.
—Cállate —dijo mi papá.
—Lo mataste aquí —continuó Ramiro—. En esta bodega. Porque descubrió que estabas robando Transportes Vargas.
Yo miré las letras viejas en la pared.
Transportes Vargas.
No Transportes Maldonado.
Salas se acomodó los lentes.
—Nada de eso se puede probar.
Ramiro señaló las fotos.
—Por eso Aurelio guardó copias. Sabía que ustedes iban a limpiar todo.
Mi papá dio un paso hacia mí.
—Diego, dame la carpeta. Ese hombre estuvo preso por robar.
—¿Por qué mi acta dice Vargas? —pregunté.
Nadie contestó.
El silencio me respondió antes que ellos.
Miré a Ramiro.
Al hombre que dormía en el cuarto de lámina.
Al que todos insultaban.
Al que mi mamá abrazó llorando. —¿Tú eres mi papá?
Ramiro cerró los ojos.
Mi papá sonrió con odio. —Felicidades. Ya le rompiste la cabeza.
—No —dijo Ramiro—. Tú se la llenaste de mentiras desde que nació.
Sentí que algo se me quebraba por dentro. —Contéstame.
Ramiro abrió los ojos. —Sí, Diego. Yo soy tu papá.
No sentí alegría.
Sentí rabia.
Sentí que alguien había entrado a mi infancia y había cambiado los nombres mientras yo dormía.
—¿Y tú lo sabías? —le dije a mi papá.
Arturo avanzó. —Yo te di casa. Te di apellido. Te di una familia.
—Me diste una mentira.
Su cara cambió.
Por un segundo dejó de fingir. —Dame esos papeles.
Salas se lanzó hacia mí, pero Ramiro lo empujó contra el escritorio. Mi papá levantó el arma. Yo grité.
El disparo retumbó como un trueno encerrado.
Ramiro cayó de espaldas.
La carpeta casi se me resbaló de las manos. —¡Ramiro!
La sangre empezó a mancharle el hombro.
Mi papá respiraba agitado, con los ojos abiertos de par en par, como si acabara de entender que ya no podía regresar.
