“No se suba a ese coche”, le susurró el hijo de la empleada al millonario… y segundos después descubrió que su esposa ya había pagado para verlo morir.

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Parte 2: Ricardo no fue hacia el coche.
Caminó de regreso a la casa con el celular pegado al oído, fingiendo revisar un correo urgente. Entró por una puerta lateral, atravesó el cuarto de lavado y llegó a su despacho. Cerró la puerta sin hacer ruido.
Emiliano lo siguió temblando.
—Don Ricardo, ¿qué va a hacer?
—Lo único que no esperan —dijo él—. Pensar.
Sacó su celular y llamó a Marcos Valdés, su abogado de toda la vida.
—Necesito todos los documentos de mi seguro de vida, cambios de beneficiario, firmas, notarios, todo lo que se haya movido en los últimos 2 años. Y no le digas a nadie.
Marcos guardó silencio apenas 2 segundos.
—¿Qué pasó?
Ricardo miró el teléfono viejo sobre su escritorio.
—Algo que debí haber visto hace mucho.
Antes de colgar, Ricardo llamó a Toño.
—¿Dónde estás?
—En mi casa, patrón. Usted mismo me dio descanso esta semana. Me llegó mensaje de la oficina diciendo que mandarían otro servicio.
Ricardo cerró los ojos.
La mentira venía desde adentro.
—Ese mensaje no salió de mi oficina. Ven ya. Estaciónate una calle antes. No te acerques al portón.
Luego se volvió hacia Emiliano.
—Ve con tu mamá. Dile que te duele el estómago. Quédate en tu cuarto y no hables con nadie. Nadie debe saber que tú me avisaste.
—¿Y mi mamá?
—También la vamos a proteger.
El niño asintió, aunque sus ojos estaban llenos de miedo.
Ricardo esperó 1 minuto, tomó un folder cualquiera de su escritorio y salió al recibidor. Verónica estaba frente al espejo, ajustándose un arete de perla.
—Ahí estás —dijo con una sonrisa perfecta—. ¿Encontraste lo que buscabas?
Ricardo la miró. La misma mujer que había llorado en el funeral de su madre. La misma que le preparaba café cuando trabajaba hasta tarde. La misma que había planeado enviarlo al fondo de una presa.
—Sí —respondió—. Lo encontré.
Ella se acercó y le acomodó la corbata.
—Entonces vete, mi amor. Vas tarde.
Ricardo le dio un beso en la mejilla. Su perfume era el de siempre. Durante un segundo le dolió más eso que el audio.
Luego salió.
El chofer falso enderezó la espalda al verlo. Abrió la puerta trasera. Ricardo caminó mirando el celular, como siempre. Llegó a 3 metros del coche.
Y siguió de largo.
—¿Señor Salvatierra? —dijo el chofer.
Ricardo levantó el teléfono, fingiendo una llamada.