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Un arete.
Uno solo.
De oro viejo.
—Este se le cayó a Valeria la mañana que se fue —susurró—. Yo lo guardé. Nunca se lo dije a nadie. Si eres tú… sabrás dónde está el otro.
El patrullero cerró la puerta.
A través del vidrio vi a Mateo gritar mi nombre.
El nombre verdadero.
No Emma.
Valeria.
Patricia le tapó la boca.
Alejandro no se movió.
En la celda del Ministerio Público encontré el segundo arete.
Lo tenía yo.
Lo había escondido en la suela de las sandalias rotas desde el día que huí.
Los dos aretes juntos formaban una fecha.
La fecha de nacimiento de Mateo.
Y en el reverso, grabado minúsculo, un número de caja de seguridad.
Patricia había dicho que quemó los documentos.
Mentira.
El tercer rastro estaba ahí.
La pregunta que no me dejaba respirar era simple:
Si yo usaba la caja, ¿Mateo se quedaba con ellos para siempre?
