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Aquella mañana, Madrid parecía más gris de lo habitual, pero yo estaba extrañamente alegre. Me llamo Sofía y le estaba ajustando la corbata a mi marido, Ricardo, que permanecía erguido frente al gran espejo de nuestro dormitorio. Nuestra lujosa casa en La Moraleja había sido testigo silencioso durante cinco años de lo que yo creía que era felicidad. Al menos… eso creía hasta aquel día. Casamiento
—¿Seguro que no quieres que te prepare algo para el viaje? —pregunté en voz baja, acariciando su robusto pecho—.
Valencia está muy lejos.
Ricardo sonrió, esa sonrisa que siempre lograba disipar mis preocupaciones. Me dio un largo beso en la frente.
—No, mi amor. Tengo prisa. El cliente de Valencia necesita una reunión urgente esta noche. Este proyecto es importante para mi portafolio. Quiero demostrarle a tu padre que puedo tener éxito incluso sin su apellido.
Asentí, orgullosa de él. Ricardo era un marido incansable… aunque, en realidad, el dinero para su negocio, su Mitsubishi Montero y su ropa de diseñador provenía de mí: los dividendos de la empresa que había heredado y que ahora dirigía. Pero nunca se lo mencioné. En el matrimonio, lo mío también es suyo… ¿verdad?
—Ten cuidado —le dije—. Avísame cuando llegues al hotel.
Él asintió, tomó las llaves y se marchó. Lo vi desaparecer tras la puerta de roble tallado y sentí una leve y extraña punzada en el pecho. Una advertencia que ignoré. Quizás era simplemente el alivio culpable de tener la casa para mí sola durante unos días.
Al final de la tarde, después de varias reuniones en la oficina, mis pensamientos se dirigieron a Laura, mi mejor amiga desde la universidad. El día anterior me había escrito diciéndome que la habían ingresado en el hospital de Segovia con un caso grave de tifus. Laura vivía sola en esta ciudad desconocida. Siempre había intentado ayudarla. La casita donde se alojaba era una de mis propiedades y, por compasión, la había dejado quedarse allí gratis.
