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La señora Reyes se acercó. “Comandante, sigue siendo testigo en un juicio en curso. Preocúpate cuando hables de las pruebas.”
Mi madre asintió rápidamente. “No se trata de contratos. No exactamente.”
Ethan salió de la sala con su abogado. Por un momento, los cuatro nos quedamos quietos en el mismo pasillo, como figuras en un antiguo retrato familiar que nadie quería colgar.
Ethan me sonrió.
Luego miró a nuestra madre. “No hagas eso.”
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su voz era clara.
“Debería haberlo hecho hace años.”
Fue la primera vez que vi que el miedo volvía a su rostro.
Esa noche no fuimos a casa de mis padres. La señora Reyes nos había aconsejado que no lo hiciera, y por una vez, mis padres escucharon a alguien que no fuera Ethan. En su lugar, mi madre llamó a su vecina, la señora Álvarez, que aún tenía una llave de repuesto y la costumbre de fijarse en todo.
Una hora después, sonó el teléfono de mi madre en el aparcamiento del juzgado.
Pone el altavoz.
“Linda”, dijo la señora Álvarez, sin aliento, “la caja ha desaparecido.” Mi madre apretó el teléfono con fuerza. “¿Qué quieres decir con ‘te has ido’?”
“La estantería del armario está vacía. Pero hay algo más. La puerta trasera estaba abierta.”
Mi padre maldijo en voz baja, no en voz alta, sino con una desesperación que nunca se le había revelado.
La expresión de la señora Reyes se endureció. “No te vayas a casa. Notificaré al oficial encargado del caso.”
Ethan llegó primero a la caja.
O quizá alguien se la había pasado.
Esa noche me alojé en un hotel cuyo nombre me había sido proporcionado por la fiscalía. Me quité la chaqueta del uniforme y la colgué con cuidado en el armario. Me quedé mucho tiempo de pie en la tenue luz de la habitación, mirándola.
Las medallas eran reales. El rango era cierto. El hombre que las llevaba era real.
¿Por qué me sentía como un fantasma que llegó demasiado tarde a su vida?
Próximo episodio próximamente
