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Ninguno respondió.
—Sofía entró buscando su oso. Te vio. Intenta detenerla.
—Me asusté —dijo Álvaro.
Era la primera grieta.
—¿Qué hiciste?
—Solo la sujeté.
—Le dejaste marcas.
—Intentaba evitar que corriera.
—¿Por qué?
—Porque iba a contartelo.
Marta comenzó a respirar con dificultad.
—Álvaro, cállate.
Él la fundida.
—Tú también estabas allí.
—Yo te dije que no las tocaras.
—Después de pasar ocho meses entrando en esta casa a escondidas.
—No mezcles las cosas.
—Las cosas ya están mezcladas —dije—. Mi hija está en el hospital por lo que ustedes hicieron juntos.
Álvaro caminó hacia las escaleras.
—Ella estaba aquí arriba. Yo la agarré del brazo. Sofía se movía mucho y gritaba.
—¿Qué gritaba?
Cerró los ojos.
—Que iba a decírtelo.
—Continúa.
—Intentó soltarse.
—¿Y tú?
—La empujé para apartarla.
Marta soltó un gemido.
Álvaro pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de admitir.
—No quise tirarla por las escaleras. Solo la empujé. Era más pequeña y perdió el equilibrio.
—Usaste la fuerza de un adulto contra una niña de ocho años.
—Fue un segundo. Entre en pánico.
—Después no llamaste inmediatamente a emergencias.
—Estaba tratando de entender lo que había pasado.
—Estabas preparando una mentira.
-No.
—Le dijiste que contara que jugaba con vestidos.
Marta se sentó en el último escalón.
—Fue idea de Álvaro —dijo llorando—. Yo quería pedir ayuda.
—Tú le pusiste hielo en la cabeza y le dijiste que fuera valiente mientras él decidía qué versión contar.
—Tenía miedo.
—Sofía también. La diferencia es que ella tenía ocho años y estaba herida. Tú eras la adulta.
Álvaro miró hacia la puerta.
Entonces la inspectora Vega entró acompañada por el otro agente.
—Señor Álvaro Serrano —dijo con calma—, necesito que mantenga las manos visibles.
Álvaro dio un paso atrás.
—¿Qué está pasando?
—Lo que debió ocurrir desde el momento en que su hija llegó al hospital.
Marta se puso de pie.
—Laura, ¿qué hiciste?
—Protegí a mi hija.
La inspectora informó a ambos de que debían acompañarlos para declarar. También explicó que la conversación había sido escuchada por los agentes desde el exterior.
Álvaro me miró como si yo lo hubiera traicionado.
Aquella expresión casi me hizo reír.
—Soy tu marido —dijo.
—Eras el padre de la niña a la que empujaste.
—No quería hacerle daño.
—Pero se lo hiciste.
—Podemos arreglarlo.
—Las costillas rotas no se arreglan con una disculpa. El miedo que le dejaste tampoco.
Cuando los agentes se llevaron a Álvaro, Marta se acercó a mí.
—Laura, por favor. Soy tu hermana.
—Precisamente por eso duele tanto.
—Cometí un error.
—Un error ocurre una vez. Tú tomaste la misma decisión durante ocho meses.
—Nunca quise que Sofía saliera herida.
—La viste en el suelo y ayuda a construir una mentira.
Marta abrazó la mano.
Yo retrocedí.
—No vuelvas a tocarme.
La inspectora la acompañó hacia la puerta.
Antes de salir, Marta miró la bata amarilla que todavía llevaba puesta.
Se la quitó y la dejó sobre una silla.
