Durante 17 años, mi esposo bromeó delante de todos diciendo que me dejaría por mi mejor amiga. Yo solía reírme y dejarlo pasar, hasta el día en que mi hija me miró y me preguntó si yo era una mala madre. Fue entonces cuando dejé de fingir que aquello no hacía daño.

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—No, Javier. Te estoy dando una cucharada de tu propio veneno.
—¡Eran bromas!
—No. Eran cuchilladas con público.
Mariana se interpuso.
—Ya basta, Javier.
Él la señaló.
—Tú cállate. Todo esto es tu culpa.
Entonces Sofía salió de detrás de Mariana, llorando.
—No, papá. Es tu culpa.
Javier se quedó mudo. Subí al cuarto y bajé con una maleta negra. La dejé junto a la puerta.
—Te vas de mi casa esta noche.
Él soltó una risa seca.
—¿Y adónde quieres que vaya?
—Busca a Mariana. Según tú, era tu gran oportunidad.
Mariana lo miró con asco.
—Ni aunque fueras el último hombre de México.
Javier agarró la maleta. Pero antes de salir, su celular vibró sobre la mesa. La pantalla quedó hacia arriba. Todos vimos el mensaje de Daniel:
“Ya quedó. Ella todavía no sabe nada.”
Y ahí entendí que la verdadera bomba apenas iba a explotar.

𝐕𝐞𝐫 𝐩á𝐠𝐢𝐧𝐚 𝐬𝐢𝐠𝐮𝐢𝐞𝐧𝐭𝐞