Mi padre vio el moretón bajo mi velo antes de ver mi vestido de novia.
Tres segundos después, el hombre con el que se suponía que iba a casarme se rio… y firmó la sentencia de su propia familia.
La suite nupcial de la Hacienda San Gabriel, en San Pedro Garza García, Monterrey, quedó completamente en silencio.
Mi padre, Ricardo Salazar, permanecía de pie en la puerta sosteniendo la pulsera de perlas que mi madre había usado el día de su boda.
Sus ojos recorrieron lentamente la sombra morada bajo mi pómulo izquierdo y la pequeña herida abierta en la comisura de mis labios.
—Hija mía… ¿quién te hizo esto? —preguntó con la voz quebrada.
Antes de que pudiera responder, Javier Mendoza apareció detrás de él.
Vestía un impecable esmoquin blanco.
A su lado caminaba su madre, Patricia Mendoza, sosteniendo una copa de champaña y con la expresión distante de una reina acostumbrada a juzgar a quienes considera inferiores.
Javier sonrió con arrogancia.
—Solo le enseñaba una lección. En nuestra familia las mujeres aprenden rápido cuál es su lugar.
Mi padre giró lentamente la cabeza.
—¿Una lección?
—Me avergonzó durante la cena de inversionistas —explicó Javier encogiéndose de hombros—. Me corrigió delante de empresarios importantes. Valeria necesita entender que el matrimonio tiene una jerarquía.
Patricia soltó un suspiro exagerado.
