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Tenía treinta y cuatro años cuando descubrí la verdad.
Pero para entender lo que significaban aquellos 85,000 dólares tengo que regresar a cuando yo tenía trece.
Mi padre, Daniel, era dueño de una pequeña empresa de carpintería.
No era un gran negocio.
Tenía cuatro empleados.
Fabricaban cocinas, puertas y muebles por encargo.
Durante años funcionó bien.
No vivíamos con lujos, pero nunca faltó comida.
Mi madre, Laura, trabajaba como enfermera.
Nuestra casa era modesta.
Tres habitaciones.
Un pequeño patio.
Y un árbol enorme de mango que mi padre decía que valía más que cualquier piscina.
Todo cambió después de un incendio en el taller.
Ocurrió de madrugada.
Un cortocircuito.
Cuando llegamos, los bomberos ya habían apagado las llamas.
Pero prácticamente todo estaba destruido.
Herramientas.
Madera.
Máquinas.
Pedidos terminados.
Mi padre se quedó parado mirando.
Nunca lo había visto llorar.
Aquella mañana sí.
El seguro cubrió una parte.
No suficiente.
Había préstamos.
Clientes esperando.
Empleados.
Deudas.
Durante meses mis padres intentaron salvar el negocio.
