EL DINERO NUNCA LLEGÓ A ELLOS

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Usaron ahorros.

Tarjetas.

Vendieron el automóvil de mi madre.

Después hipotecaron la casa.

Mi abuela materna, Emilia, vivía en otro estado.

Tenía dinero.

No era millonaria, pero había vendido unas propiedades después de la muerte de mi abuelo.

Mi madre nunca le pedía nada.

Era orgullosa.

Hasta que la situación se volvió desesperada.

Recuerdo aquella conversación porque estaba sentada en las escaleras escuchando.

—Mamá, no necesito que nos regales nada —decía mi madre por teléfono—. Solo necesito tiempo.

Mi abuela respondió algo que no escuché.

Mi madre comenzó a llorar.

—Te lo devolveremos.

Días después apareció mi tío Esteban.

Era el hermano mayor de mi madre.

Siempre había sido el favorito de mi abuela.

O al menos eso pensábamos.

Era carismático.

Bien vestido.

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