“El hospital me llamó antes de medianoche: mi hijo de 6 años estaba entre la vida y la muerte. Pero lo que todavía me persigue no fue esa llamada… fue escuchar a mi madre reírse cuando pregunté qué había pasado, y a mi hermana decir con frialdad: “Se lo ganó.”

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Su respiración se agitó. Levantó una manita temblorosa y señaló directo hacia ellas.

El monitor empezó a chillar.

Sus labios partidos se movieron.

—Monstruo —susurró.

Socorro retrocedió como si la hubieran golpeado. Brenda dejó caer su bolsa.

Detrás de ellas, el agente Sosa sacó una cámara oculta del saco y dijo:

—Ya sabemos qué pasó en ese cobertizo.

Pero Emiliano volvió a mover los labios, y la siguiente palabra congeló a todos.

Nadie podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…

PARTE 2

—No… ellas no —susurró Emiliano.

El cuarto quedó inmóvil.

El agente Sosa bajó apenas la cámara. Lucía se inclinó sobre la cama, sintiendo que el corazón se le partía en las costillas.

—Mi amor, ¿qué quieres decir?

Emiliano tragó aire con dificultad. Sus ojos, llenos de terror, pasaron por encima de Socorro y Brenda hasta clavarse en la puerta de cristal.

—El hombre —dijo.

El monitor volvió a sonar con fuerza.

El agente Sosa volteó de inmediato. En el pasillo, detrás del mostrador de enfermería, un hombre con chamarra oscura observaba la escena. No era médico. No era familiar. No era policía.

Cuando se dio cuenta de que lo habían visto, caminó rápido hacia las escaleras.

—¡Deténganlo! —gritó Sosa.

Un oficial salió corriendo tras él. Las enfermeras se apartaron. Brenda chocó contra la pared y Socorro se llevó las manos al pecho.

Por 1 segundo, Lucía vio algo en sus rostros.

No era sorpresa.

Era reconocimiento.

—Dios mío —murmuró Socorro—. Regresó.

Lucía giró hacia ella.

—¿Quién regresó?

Brenda se puso pálida.

—Mamá, cállate.

—¿Quién es ese hombre? —gritó Lucía.

Socorro temblaba tanto que el rosario se le cayó al piso.

—Se llama Julián Baeza.

El nombre no significó nada para Lucía, pero al agente Sosa sí. Su expresión cambió.

—¿Julián Baeza? —preguntó—. ¿El sospechoso que murió en el incendio del 2014?

Brenda se desplomó en una silla.

Lucía sintió náusea.

—¿De qué están hablando?

Sosa miró a Emiliano, luego a ella.

—Julián Baeza estuvo relacionado con la desaparición de un niño de 4 años en la colonia Portales. Su madre fue interrogada en ese caso.

—¿Mi madre?

Socorro cerró los ojos.

Un oficial regresó jadeando.

—Se escapó por la escalera de servicio. Seguridad lo perdió cerca de urgencias.

Emiliano gimió. Lucía tomó su mano.

—Estoy aquí, mi vida. Mamá está aquí.

El niño apretó los dedos.

—El cobertizo —susurró—. Puerta bajo el piso.

El agente Sosa se enderezó.

Brenda se levantó de golpe.

—Está medicado, no sabe lo que dice.

Emiliano se encogió al escuchar su voz.

Lucía ya no necesitaba más pruebas.

—Revisen el cobertizo —dijo.

Sosa asintió a un oficial.

—Consigan una orden. Avísenle a la fiscalía. Puede haber un compartimento bajo esa estructura.

Socorro cayó de rodillas.

—No, por favor. Ahí no.

—¿Por qué? —preguntó Sosa.

La mujer miró a Lucía con un miedo viejo, podrido, de muchos años.

—Hay cosas enterradas bajo esa casa.

Brenda se lanzó hacia ella.

—¡Dijiste que nunca ibas a hablar!

Dos oficiales la sujetaron antes de que alcanzara a Socorro. Brenda pateó, lloró y luego miró a Lucía con una sonrisa torcida.

—Todo esto es tu culpa. Siempre fue tu culpa. Tú, la hija perfecta. Tú, la mártir. Tú y tu niño perfecto.

—Mi hijo se está muriendo —dijo Lucía, sin lágrimas.

—Y todavía quieres que todos te compadezcan.

Lucía no contestó. Miró a Sosa.

—Quiero la verdad.

Socorro, desde el piso, susurró:

—Julián dijo que solo necesitaba esconderse. Dijo que nadie iba a encontrar la puerta.

—¿Qué hay bajo el cobertizo? —preguntó Lucía.

Socorro no respondió.

Pero Emiliano sí.

—Fotos —dijo, casi dormido—. Niños.

El agente Sosa se quedó helado.