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—Ahora creo que era su manera de entender la vida.
Alguien en la primera fila se secó los ojos.
—Él decía que había que hacer lo que uno tenía delante. Y creo que nunca dejó de hacerlo.
Mateo levantó la muñeca.
—Ni siquiera al final.
Miró a Elena.
—Sabía que yo iba a necesitar a alguien. Por eso me dejó el reloj.
Su voz se quebró ligeramente.
—Durante mucho tiempo pensé que mi herencia era esta chaqueta, sus herramientas o este reloj.
Hizo una pausa.
—Ahora creo que mi verdadera herencia es recordar cómo vivía.
Mateo bajó del pequeño escenario.
Elena lo recibió con una sonrisa.
Héctor le dio una palmada en el hombro.
Su profesor le dijo que había hablado muy bien.
Y Mateo, por primera vez desde la muerte de su abuelo, se rio sin sentirse culpable.
Cuando todos comenzaron a marcharse, salió unos minutos al patio.
Miró el reloj.
La correa original se había roto semanas atrás y habían tenido que reemplazarla.
Pero el mecanismo seguía siendo el mismo.
Tic.
Tic.
Tic.
Mateo pensó en un joven Tomás Herrera entregándoselo a una mujer asustada décadas atrás.
Pensó en su abuelo preparando el desayuno.
Pensó en los claveles blancos cayendo sobre los escalones.
Pensó en aquella frase.
“Si alguien reconoce el reloj, confía en esa persona”.
Ahora entendía que aquellas palabras nunca habían tratado realmente sobre un reloj.
Trataban sobre confianza.
Sobre dejar caminos abiertos.
Sobre cuidar de alguien incluso cuando ya sabes que no podrás estar a su lado.
Mateo guardó una mano en el bolsillo de la vieja chaqueta verde.
Ya no le quedaba tan grande como antes.
A unos metros, Elena, Héctor y varias personas lo estaban esperando para volver dentro.
Mateo los miró.
Durante meses había repetido que ya no tenía familia.
Ahora comprendía que quizá había usado una definición demasiado pequeña.
Caminó hacia ellos.
El reloj continuó avanzando.
Y Mateo también.
Porque todavía tenía cosas por hacer.
Y, gracias a su abuelo, sabía exactamente por dónde empezar.
