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La sala se enfrió.
El presidente acomodó unos documentos.
—No estamos aquí para discutir su vida privada. Estamos aquí porque Grupo Del Valle inició acciones que afectan directamente nuestros activos operativos.
Mauricio se sentó.
—Puedo arreglarlo.
—¿Cómo? —preguntó el presidente.
Mauricio abrió la boca.
Nada salió.
Porque la única persona que podía arreglarlo era la mujer que había despreciado.
El presidente deslizó un documento.
—Hasta resolver esta situación, el consejo votó suspenderlo de sus funciones ejecutivas.
—No pueden sacarme de mi empresa.
Daniel sonrió.
—Después de tus préstamos, tus garantías cruzadas y tus incumplimientos, ya no es tan tuya como crees.
Mauricio sintió que la sangre se le iba a los pies.
—¿Qué hiciste?
—Nada ilegal.
Y esa fue la respuesta que más miedo le dio.
En Madrid, Julia recibió la noticia mientras desayunaba con sus hijos.
El licenciado Arriaga, abogado de confianza de su abuelo, se la comunicó por videollamada.
—Mauricio fue suspendido —dijo—. Daniel Paredes está moviéndose rápido.
Julia untó mantequilla en el pan de Sofía.
—Daniel siempre quiso su empresa.
Arriaga pareció sorprendido.
—¿Lo sabía?
—Estuve casada con Mauricio 11 años. Él hablaba mucho en cenas. Yo escuchaba.
Emiliano levantó la vista.
—¿Papá está en problemas?
La cocina quedó quieta.
Julia dejó el cuchillo sobre el plato.
—Sí, mi amor. Tu papá está enfrentando problemas que él mismo ayudó a crear.
—¿Le va a pasar algo malo?
Julia se acercó y le besó la frente.
—Espero que le pase algo necesario.
Fue la respuesta más honesta que pudo darle.
Esa tarde, mientras los niños visitaban su nueva escuela, Julia entró a la oficina europea de Grupo Del Valle.
El edificio olía a madera, piel y secretos viejos.
En la sala de juntas había retratos familiares. Hombres serios. Mujeres elegantes. Personas que habían construido fortuna con paciencia y silencio.
Al centro estaba el retrato de su madre, Clara Del Valle.
Hermosa.
Distante.
Muerta en un accidente de carretera cuando Julia tenía 12 años.
Arriaga le entregó una caja de madera.
—Su abuelo pidió que esto se le diera únicamente después de separarse legalmente de Mauricio y salir de México.
Julia sintió un nudo.
—¿Él sabía?
—Sospechaba que Mauricio mostraría quién era tarde o temprano.
Dentro había una carta.
Para Julia, cuando recuerde quién es.
La abrió despacio.
“Mi niña:
Si lees esto, no pude evitarte el dolor, pero quizá sí logré dejarte una salida.
Los Herrera nunca fueron socios.
Fueron inquilinos.
Y los inquilinos suelen confundir las llaves con la propiedad.
Pero Mauricio no es el único peligro.
Hay gente que esperó años a que quedaras vulnerable.
Van a venir sonriendo.
Hablarán de familia, lealtad, reconciliación y negocios.
Confía en documentos.
No en personas.
Especialmente, no en Daniel Paredes.
Y revisa la carpeta azul.”
Julia sintió frío en los dedos.
—¿Carpeta azul? —preguntó.
El rostro de Arriaga cambió apenas.
Muy poco.
Pero Julia lo vio.
Antes de que pudiera responder, su celular vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
“Dile a Arriaga que te dé la carpeta azul. Antes de que Daniel la encuentre.”
Julia levantó la vista.
—¿Qué hay en esa carpeta?
Arriaga tardó demasiado en contestar.
—Una investigación de su madre sobre los Herrera.
—¿Mi mamá investigó a Mauricio?
—No a Mauricio. A su padre.
El aire se volvió pesado.
—Mi madre murió en un accidente.
Arriaga bajó la mirada.
—Su abuelo nunca estuvo convencido de eso.
Julia sintió que el mundo se achicaba.
—¿Me está diciendo que la muerte de mi madre no fue accidente?
—Le estoy diciendo que Clara descubrió movimientos de dinero usando terrenos Del Valle, empresas Herrera y fondos de la familia Paredes. Luego murió.
Esa noche, Julia no durmió.
A las 6 de la mañana, volvió con Arriaga al archivo privado.
La carpeta azul debía estar en una caja fuerte subterránea.
Pero al llegar, la cerradura ya estaba abierta.
Adentro solo había una fotografía.
Julia la tomó con manos temblorosas.
En la imagen aparecía su madre frente a una construcción.
A su lado estaba el padre de Mauricio.
Y junto a él, un hombre joven con la misma sonrisa fría de Daniel Paredes.
Al reverso, con letra de Clara, decía:
“No son enemigos. Son socios.”
El celular de Julia sonó.
Mauricio.
Ella contestó sin hablar.
—Julia, escúchame —dijo él, con voz rota—. No confíes en Arriaga.
Julia giró despacio.
Arriaga estaba a 3 pasos.
Su mano derecha iba hacia el bolsillo del saco.
—¿Qué dijiste? —susurró ella.
—La carpeta azul desapareció. Alguien dentro de Del Valle la sacó. Daniel está involucrado, pero no está solo. Julia, sal de ahí ya.
Arriaga sonrió.
No fue una sonrisa amable.
