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Luego llamó a Rebeca Cárdenas, su abogada.
Eran casi las 10 de la noche, pero Rebeca contestó.
—Necesito tu voz de pleito serio —dijo Clara.
—Tengo varias. ¿Qué pasó?
Clara explicó todo.
Rebeca no la interrumpió ni una vez.
Cuando terminó, solo dijo:
—No le llames a Daniel todavía. Mándame todo. Esto ya no es pleito de pareja. Esto huele a falsificación, fraude y uso indebido de propiedad.
—¿Qué hago?
—Guarda originales. No tires nada. No dejes entrar a nadie. Y escribe una línea de tiempo hoy mismo, antes de que se te escape cualquier detalle.
Clara obedeció.
Pero antes de terminar, Daniel llamó.
Ella contestó en altavoz.
—¿Ya se calmó mi mamá? —preguntó él, molesto, como si Clara hubiera provocado un berrinche familiar.
—No. Pero seguridad sí la calmó.
Hubo silencio.
—¿Qué hiciste?
—La saqué de mi departamento. Cambié cerraduras. Cancelé accesos. Y encontré tu carpeta azul.
El silencio se volvió pesado.
—Clara, no vayas a hacer una tontería.
—La tontería fue falsificar mi firma.
Daniel respiró fuerte.
—Tú no entiendes esos documentos.
—Entiendo perfecto.
—Era solo para una solicitud. No era una venta. No era un traspaso.
—Era mi propiedad usada sin mi permiso.
—Somos esposos.
—Separados. Y tú firmaste que no tenías derechos sobre este departamento.
Otra pausa.
Daniel había olvidado ese papel.
Siempre se burló de Clara por guardar copias, contratos y comprobantes. Ahora esos mismos papeles lo estaban dejando sin salida.
—Voy para allá —dijo él.
—No vengas.
—Es mi casa.
—No. Fue un lugar donde viviste porque yo lo permití. Ese permiso se acabó.
Daniel llegó 25 minutos después con Lorena detrás, llorando y haciendo escándalo en el lobby. Ramiro llamó a Clara.
—Señorita Clara, están aquí. Él insiste en subir.
—Que suba con seguridad —respondió ella.
Luego llamó a Rebeca y la dejó en altavoz.
Cuando Daniel tocó la puerta, Clara no abrió.
