La hija que todos llamaban problemática desapareció después de ser encerrada en un colegio estricto, y solo una señal bajo una ventana reveló dónde estaba realmente

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PARTE 1

—Esa foto de tu madre muerta no vuelve a estar junto a la de mi esposo, ¿me oíste?

Valeria sintió que la sangre se le congelaba. Beatriz había entrado al cuarto principal como una tormenta, vio el retrato de Lucía sobre el buró de Alejandro y lo arrancó con tanta rabia que el marco cayó al piso y se abrió en dos.

—Mi papá la puso ahí —murmuró Valeria, apretando los puños.

Beatriz caminó hasta ella, con los tacones sonando contra el piso de mármol de aquella casa en Guadalajara que antes olía a pan recién hecho y perfume de mamá, y ahora olía a tensión, a silencio y a miedo.

—Tu papá ya tiene otra familia —le dijo, tomándola del brazo con fuerza—. Tiene a Mateo, su hijo. Tú eres un recuerdo incómodo, una sombra atravesada en esta casa.

Valeria tenía trece años, pero en ese instante se sintió de cinco. Como cuando su mamá la peinaba antes de ir a la escuela y le decía: “Nunca dejes que nadie te haga sentir menos”. Pero Lucía ya no estaba. Un cáncer se la había llevado dos años atrás, y Alejandro, destrozado, se había refugiado en el trabajo… y después en Beatriz, su secretaria perfecta, rubia, elegante, siempre sonriente cuando él estaba cerca.

—Mi papá no dejaría que me corrieras —dijo Valeria, con la voz temblorosa.

Beatriz sonrió sin ternura.

—Tu papá está en Monterrey cerrando un contrato. Y cuando vuelva, ya todo estará decidido.

Esa noche, mientras todos dormían, Mateo empezó a llorar en su cuna. Beatriz no apareció. Valeria, aunque estaba lastimada, entró al cuarto del bebé, lo cargó y lo arrulló con cuidado. El niño se calmó en sus brazos. Entonces escuchó la voz de Beatriz desde el pasillo.

—Sí, la llevo pasado mañana… No, Alejandro no va a oponerse. Yo soy su madrastra y él me dejó a cargo… Pago el año completo por adelantado.

Valeria dejó de respirar.

—Que sea un internado estricto —continuó Beatriz—. Uno donde aprendan disciplina. Y donde no pueda estar llamando cada cinco minutos.

Al día siguiente, Valeria buscó su celular debajo de la almohada. No estaba. Sobre la cama había una maleta abierta.

—Empaca —ordenó Beatriz desde la puerta—. Salimos en una hora.

—Quiero hablar con mi papá.

—No vas a molestarlo con tus berrinches.

—¡Esta también es mi casa!

La bofetada cayó tan fuerte que Valeria se llevó la mano a la mejilla. Beatriz se acercó a su oído.

—Le diré a Alejandro que quisiste hacerle daño a Mateo por celos. ¿A quién crees que va a creerle? ¿A una niña problemática o a la madre de su hijo?

Durante el camino hacia la sierra, Valeria miró por la ventana sin llorar. Beatriz manejaba en silencio, con la cara dura.

—Algún día me vas a agradecer —dijo al fin—. El Colegio Santa Inés es muy respetado. Ahí hacen mujeres obedientes.

El edificio apareció entre árboles altos, antiguo, gris, con ventanas estrechas y una puerta enorme de madera. No parecía escuela. Parecía castigo.

Una mujer delgada, de rostro severo, las recibió en la entrada.

—Soy la directora Graciela Rivas —dijo—. Aquí no aceptamos caprichos.

Beatriz entregó unos papeles y se fue sin despedirse. Valeria quiso correr tras el coche, pero la puerta pesada se cerró a sus espaldas.

La directora la miró de arriba abajo.

—Aquí no hay papás que rescaten niñas malcriadas. Aquí solo hay reglas.

Valeria abrazó en secreto la foto rota de su madre dentro de la maleta y entendió que acababan de encerrarla en un lugar donde nadie iba a creerle.

No podía imaginar lo que estaba a punto de pasar…