La hija que todos llamaban problemática desapareció después de ser encerrada en un colegio estricto, y solo una señal bajo una ventana reveló dónde estaba realmente

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PARTE 2

Desde el primer día, Valeria supo que el Colegio Santa Inés no era una escuela: era una cárcel disfrazada de internado.

Las alumnas usaban vestidos azul oscuro, cuello blanco y zapatos negros. No podían hablar durante la comida, no podían reír fuerte, no podían entrar a los dormitorios antes de la hora indicada y, sobre todo, no podían hacer amigas.

—La amistad vuelve débiles a las niñas —decía la directora Graciela.

La encargada de vigilancia, a quien todas llamaban “La Seca”, caminaba por los pasillos con una vara de madera en la mano. No necesitaba gritar demasiado. Bastaba con verla aparecer para que todas bajaran la cabeza.

Valeria intentó resistirse los primeros días. Preguntaba, reclamaba, decía que su papá iba a volver por ella. Pero cada respuesta le costaba un castigo. Una tarde, por corregir en voz baja a una compañera en clase de inglés, La Seca le golpeó la espalda con la vara.

—Aquí no vienes a presumir —le escupió.

Camila, una chica de quince años, se sentó junto a ella durante la cena.

—No la provoques —susurró sin mover mucho los labios—. Aquí castigan por todo.

—Mi papá va a venir —respondió Valeria.

Camila la miró con tristeza.

—Todas dijimos eso al principio.

También conoció a Renata, una muchacha de mirada firme que llevaba cinco años ahí. Su tía la había internado después de vender el departamento que sus padres le dejaron. Renata ya no esperaba nada de nadie.

Pasaron veinte días. Luego treinta. Alejandro no apareció.

Valeria empezó a marcar los días con pequeñas rayas escondidas en una regla de madera. Cada noche rezaba mirando la foto de Lucía.

—Mamá, ayúdame a decirle a papá dónde estoy.

Un día, agotada de tanto silencio, se escondió unos minutos en el dormitorio mientras las demás salían al patio. La encontraron de inmediato.

—¿Querías estar sola? —dijo La Seca, arrastrándola por el brazo—. Entonces vas a aprender lo que significa estar sola.

La encerraron en un cuarto pequeño, con una luz blanca que nunca se apagaba. Valeria se sentó en el piso, temblando. Entonces una voz salió del otro lado de la pared.

—Primera vez, ¿verdad?

Era Renata, castigada en el cuarto contiguo.

Esa noche hablaron en susurros. Renata le contó que nadie salía del Santa Inés antes de terminar la preparatoria. Valeria le contó lo de Beatriz, lo de Mateo, lo de la mentira.

—Entonces no esperes —dijo Renata—. Si quieres volver, hay que escapar.

La oportunidad llegó una semana después. La directora tendría una cena con donadores de Guadalajara. Las maestras estarían ocupadas sirviendo café y fingiendo que el colegio era un lugar decente.

Necesitaban saber cómo cruzar el bosque. La única que conocía la zona era Lupita, una niña de siete años de un pueblo cercano. Su madre había intentado sacarla, pero Graciela se negó a devolver el dinero.

—Yo sé llegar a la carretera —dijo Lupita—. Iba con mi papá a cortar leña.

Esa noche, cuando el edificio quedó medio vacío y las risas de los invitados salían del comedor, Valeria, Renata y Lupita corrieron hacia los árboles. Los vestidos largos se atoraban con las ramas. La humedad les mordía los pies. Pero ninguna se detuvo.

Al amanecer llegaron a la carretera. Estaban sucias, cansadas y muertas de hambre. Una camioneta azul se detuvo. Dentro iban dos hombres: uno joven, de sonrisa amable, y otro mayor, con ojos que a Valeria le dieron escalofríos.

—¿Se perdieron, niñas? —preguntó el joven—. Súbanse, las llevamos.

Dejaron a Lupita cerca de su pueblo. Antes de bajar, la niña abrazó a Valeria.

—No me olvides.

—Nunca —prometió ella.

Los hombres les dieron refresco y galletas.

—Para que recuperen fuerzas —dijo el mayor.

Valeria apenas terminó de beber cuando el mundo empezó a girar. Intentó hablar, pero la lengua no le respondió. Lo último que vio fue a Renata cayendo contra el asiento.

Despertó en un cuarto húmedo, sobre un colchón viejo. Renata estaba a su lado. También había dos niñas desconocidas: Marisol e Irene, desaparecidas de otro pueblo una semana antes.

—Nos quieren vender —susurró Marisol—. O algo peor.

Valeria sintió que el miedo le subía por la garganta, pero se obligó a pensar. Había una ventana alta con barrotes. Se quitó el delantal del uniforme, lo hizo nudo y, con ayuda de Renata, lo lanzó hacia afuera.

Mientras tanto, Alejandro acababa de regresar a Guadalajara. Antes de llegar a casa, recibió una llamada.

—Señor Alejandro Salazar, su hija Valeria escapó anoche del Colegio Santa Inés.

El teléfono casi se le cayó de la mano.

Esa misma noche confrontó a Beatriz. Ella lloró, mintió, dijo que lo hizo “por el bien de todos”. Pero cuando Alejandro mencionó a Valeria, la máscara se le rompió.

—¡Esa niña arruinó mi vida! —gritó—. ¡Yo te di un hijo y aun así la prefieres!

Alejandro salió sin responder.

Fue al internado, vio los dormitorios fríos, la vara de La Seca y los ojos aterrados de las alumnas. Después fue con la policía. En una gasolinera, dos empleadas recordaron una camioneta azul con dos niñas dormidas atrás. Horas después, un investigador encontró un nombre: un hombre ligado a desapariciones antiguas y dueño de una mansión cerca de la carretera.

Cuando Alejandro llegó con la policía, vio algo blanco colgando bajo una ventana con barrotes.

Era el delantal de Valeria.

Y justo detrás de esa puerta estaba la verdad que nadie estaba preparado para enfrentar…