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PARTE 2
Esa tarde nadie quiso hablar claro.
Doña Beatriz decía que Mariana dormía en la cocina “por comodidad”, porque se levantaba temprano a preparar desayunos. Rodrigo aseguraba que todo era un malentendido. Mariana, en cambio, apenas respiraba. Cada vez que alguien alzaba la voz, ella encogía los hombros como si esperara un golpe, aunque nadie la tocara.
Yo me senté en la cocina con ella cuando los invitados se fueron.
—Dime la verdad —le pedí—. ¿Qué te han hecho?
Mariana negó con la cabeza.
—Nada, mamá. Ya me acostumbré.
Esa frase me partió el alma.
Antes de que pudiera insistir, apareció una mujer joven, bien arreglada, con uñas largas y perfume caro. Se llamaba Daniela. Doña Beatriz la presentaba como sobrina, pero se movía por la casa como dueña. Abrió el refrigerador, tomó un jugo importado y dijo con una sonrisita:
—Mariana, tu suegra quiere té para todos.
No se lo pidió. Se lo ordenó.
Cuando Mariana salió, yo le pregunté:
—¿Y tú quién eres aquí?
Daniela sonrió.
—Familia. Vivo aquí desde hace años.
—¿En qué cuarto?
—Arriba. En el cuarto que antes era de Rodrigo y Mariana.
Sentí un frío en la espalda.
Esa noche, durante la cena, el suegro de Mariana, don Ernesto, llegó furioso. Aventó una carpeta sobre la mesa.
—Desaparecieron trescientos mil pesos de la caja fuerte.
Todos se quedaron mudos. Luego, como si ya estuviera ensayado, las miradas cayeron sobre Mariana.
—¿Tú limpiaste mi estudio hoy? —preguntó don Ernesto.
—Sí, señor, pero no abrí nada.
Doña Beatriz suspiró.
—Mariana, si necesitabas dinero, pudiste decirlo.
Mi hija se puso blanca.
—Yo no tomé nada.
Daniela cruzó los brazos.
—Pues qué raro, porque últimamente andas muy misteriosa.
Yo me levanté de la silla.
—¿Tienen pruebas o sólo les gusta humillarla?
Rodrigo no dijo nada. Sólo miró al plato.
Después de unos minutos de gritos contenidos, Daniela apareció con una bolsa negra en la mano.
—La encontré debajo del catre de Mariana.
Dentro estaban los fajos de billetes.
Mariana retrocedió como si la hubieran empujado.
—Esa bolsa no es mía.
—Claro —dijo Daniela—. Seguramente caminó sola hasta tu cama.
Yo me paré frente a mi hija.
—Si están tan seguros, llamen a la policía.
Todos se callaron.
Fue Mariana quien, con voz quebrada, miró a Rodrigo y preguntó:
—¿Tú me crees?
Rodrigo tardó demasiado en responder.
—Sólo quiero saber la verdad.
Algo se rompió en los ojos de mi hija. Bajó la mirada y salió de la sala sin decir nada. La seguí hasta la cocina. Allí se sentó en el piso, junto al catre, y lloró sin hacer ruido.
—Mamá, vete mañana —me pidió—. Aquí todo empeora cuando alguien me defiende.
—No me voy.
Entonces, por primera vez, me contó parte de la historia.
Al segundo año de casada, Rodrigo le pidió llevar unos documentos importantes de la empresa. Los papeles desaparecieron del coche. La familia perdió un contrato grande. Desde entonces, cualquier cosa que faltaba tenía un solo nombre: Mariana.
Luego perdió un bebé.
—Me resbalé en la cocina —susurró—. Había aceite en el piso. Cuando desperté en el hospital, doña Beatriz me dijo: “Tal vez Dios sabe por qué hace las cosas”.
Me tapé la boca para no gritar.
—¿Y Rodrigo?
—Lloró dos días. Luego volvió al trabajo.
Después de eso, Daniela llegó “temporalmente” a vivir con ellos. Primero ocupó un cuarto. Luego el cuarto matrimonial. Mariana terminó en la cocina “porque necesitaba descansar mejor”, según la suegra.
A medianoche escuchamos ruidos en la bodega de la casa. Mariana se puso helada.
—Mamá, no salgas.
Pero yo ya estaba de pie.
Por el pasillo vimos una sombra con gorra entrar a la bodega. Caminaba rápido, inclinada hacia adelante. Yo había visto ese paso antes: era Daniela.
De pronto se encendió una luz. Doña Beatriz apareció al fondo del pasillo.
—¿Qué hacen aquí?
La puerta de la bodega se abrió de golpe. La sombra salió corriendo por la parte trasera. El perro ladró como loco. Rodrigo y don Ernesto bajaron apresurados.
Al revisar la bodega, don Ernesto se llevó las manos a la cabeza.
—Falta el contrato original del terreno.
Rodrigo subió corriendo a revisar las cámaras. Volvió pálido.
—Borraron las grabaciones.
Daniela bajó después, despeinada, fingiendo sueño. Pero traía lodo fresco en las sandalias.
Yo la miré. Ella me sostuvo la mirada y sonrió apenas.
En ese instante entendí que Mariana no sólo estaba siendo humillada: la estaban preparando para cargar con una ruina completa.
Y lo peor estaba por salir a la luz…
