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PARTE 2: Los días siguientes, Ramiro intentó convencerse de que aún podía salvarse.
La primera noche llamó a Julieta 27 veces. Ella no contestó ninguna. Le mandó mensajes largos, luego mensajes cortos, luego amenazas disfrazadas de advertencias.
“Podemos arreglar esto como adultos.”
“Piensa en la prensa.”
“No te conviene destruirme.”
“No olvides que sé cosas de tu familia.”
Julieta no respondió.
Camila, en cambio, no dejaba de gritar dentro del departamento de lujo que compartían en Santa Fe.
—¡Me dijiste que ella estaba acabada!
—¡Lo estaba! —rugió Ramiro, caminando de un lado a otro.
—Una mujer acabada no hereda 300 millones de dólares.
Ramiro la miró con rabia.
—No me hables así.
Camila se tocó el vientre.
—Tienes que arreglar esto. Mi hijo no va a nacer en medio de un escándalo criminal.
Ramiro casi se rió.
Su hijo. Su escándalo. Su dinero.
Todos le exigían algo, pero nadie parecía entender que él era quien estaba perdiendo todo.
4 días después, Julieta aceptó verlo.
Eligió un restaurante discreto en Polanco, uno de esos lugares donde los meseros no preguntan nada y los clientes fingen no escuchar. Ramiro llegó temprano. Se puso su reloj más caro, aunque esa misma mañana le habían congelado una de sus cuentas principales.
Julieta entró sola. Sin guardaespaldas visibles. Sin lágrimas. Sin prisa.
Se sentó frente a él y dejó su bolso sobre la silla vacía.
—Tienes 10 minutos.
Ramiro apretó la mandíbula.
—Quiero negociar el divorcio.
—Ya está en proceso.
—No seas absurda, Julieta. Podemos evitar una guerra total.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—La guerra empezó cuando llevaste a tu amante embarazada al funeral de mi padre.
—No la llames así.
—¿Cómo prefieres que la llame? ¿Proyecto alternativo de familia?
Ramiro golpeó la mesa con la palma. Varias personas voltearon.
Julieta ni siquiera parpadeó.
—No me provoques —susurró él.
—Eso hiciste conmigo durante 5 años.
Ramiro bajó la voz.
—Si me hundes, puedo hablar. Sé de contratos, socios extranjeros, pagos grises, cuentas que tu padre no quería que nadie viera. Don Arturo no era ningún santo.
Una sonrisa pequeña, afilada, apareció en los labios de Julieta.
—Mi padre no era ingenuo, Ramiro. Hay una diferencia enorme.
—No puedes destruirme.
—Ramiro, tú ya estás destruido. Solo sigues de pie porque el piso todavía no te ha avisado.
