PARTE 1
—Siéntate y trágate tu vergüenza, Fernanda… porque hoy todos vamos a saber con quién se metió tu novio.
La frase salió de la boca de Camila justo cuando mi papá estaba a punto de partir la primera pieza de pavo.
Nadie se movió.
Ni mi mamá, que tenía las manos todavía húmedas de tanto lavar trastes. Ni mi papá, con el tenedor suspendido en el aire. Ni mi tía Lupita, que había venido desde Toluca con un pay de nuez y ahora parecía querer desaparecer debajo de la mesa.
Yo, Daniel, veintisiete años, solo había ido a la casa de mis papás en Coyoacán para comer tranquilo, aguantar los comentarios de siempre y regresar a mi departamento antes de que anocheciera. Era la cena familiar de noviembre, una tradición rara que mi mamá adoptó desde que trabajó con una familia gringa en Polanco y decidió que también nosotros teníamos derecho a “dar gracias”, aunque en la mesa hubiera mole, sopa fría, pavo relleno y tortillas envueltas en servilleta.
Todo iba sorprendentemente bien.
Fernanda, de veinticuatro años, mi hermana mediana, había llegado con vestido negro, tacones altos y esa sonrisa de “me está yendo mejor que a todos”. Camila, de veintidós, llegó tarde, con el cabello recogido y los ojos hinchados, pero fingiendo que todo estaba perfecto.
Mis hermanas siempre fueron cercanas, pero también peligrosamente competitivas. De niñas peleaban por quién salía mejor en las fotos de Navidad. De adolescentes, por quién tenía más amigos, quién bajaba más rápido de peso, quién recibía más atención de mis papás. De adultas, la competencia se volvió silenciosa: mejores bolsos, mejores trabajos, mejores novios.
Fernanda llevaba casi un año saliendo con Mauricio, un contador serio, de esos que saludan a todos de mano y parecen pedir permiso para respirar. Camila, en cambio, presumía a Adrián, un tipo guapo, vendedor de autos, con sonrisa de comercial y mirada de problema.
Esa tarde ninguno de los dos estaba ahí. “Trabajo”, dijeron ellas.
Mi mamá no quiso preguntar más.
La mesa estaba preciosa. Mantel blanco, velas, platos buenos, copas que casi nunca usábamos. Mi papá, don Ernesto, se veía feliz porque por fin la comida estaba servida y porque el América había ganado el fin de semana. Él era un hombre sencillo: si había comida caliente y nadie gritaba, la vida era buena.
Pero Camila soltó aquella frase como si hubiera esperado meses para escupirla.
Fernanda dejó el vaso sobre la mesa con una calma que me dio miedo.
—No sé de qué hablas —dijo.
Camila soltó una risa amarga.
—¿No? ¿Quieres que le pregunte a Adrián cómo le fue contigo en el motel de Tlalpan?
Mi mamá se llevó una mano al pecho.
—Camila, por favor…
—No, mamá. Hoy no. Ya estoy harta de que todos la vean como la señorita perfecta.
Fernanda se puso pálida, pero no agachó la mirada. Al contrario, sonrió.
—Qué curioso que hables de perfección —respondió—. Porque Mauricio me contó cosas muy interesantes de ti.
El silencio que cayó fue peor que un grito.
Mi papá bajó el tenedor lentamente.
—¿Qué está pasando aquí?
Camila se levantó tan rápido que la silla raspó el piso.
—¡Te acostaste con Adrián!
Fernanda también se puso de pie.
—Y tú te acostaste con Mauricio primero.
