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PARTE 2:
La oscuridad se tragó el ático.
El silencio era tan completo que podía oír cómo los latidos de mi corazón se ralentizaban.
Cada respiración me atravesaba el pecho como si fuera un cristal roto.
Durante varios minutos aterradores, no pude recordar por qué mis dedos estaban envueltos alrededor del pequeño dispositivo de metal escondido debajo de la cama.
Luego el pequeño indicador verde volvió a parpadear.
El reconocimiento me golpeó.
Seis años antes, después de que Whitmore Biotech sobreviviera a un importante intento de espionaje corporativo, nuestro director de seguridad insistió en que instalara un sistema de emergencia independiente dentro de mi residencia. A diferencia de las alarmas normales, funcionaba con su propia red de baterías cifradas, completamente aislada de la electricidad y de Internet del apartamento.
Casi nadie sabía que existía.
Ni siquiera Tadio.
Presioné mi pulgar contra el sensor biométrico.
Nada.
Durante un agonizante segundo, pensé que mi pulso debilitado no era lo suficientemente fuerte.
Entonces…
ACCESO VERIFICADO.
Respondió una leve vibración.
Un transmisor oculto en algún lugar dentro de la pared cobró vida.
El módulo no llamó directamente a los servicios de emergencia.
En cambio, activó el Protocolo Siete.
El protocolo notificó sólo a tres personas.
Mi abogado.
El presidente del fideicomiso independiente de Whitmore Biotech.
Y mi antiguo jefe de seguridad, Marcus Ellison.
Después de eso…
todo volvió a quedar en silencio.
No sabía si la señal había llegado a alguien.
Sólo sabía que tenía que seguir vivo.
Arrastrarme por el suelo de madera me parecía imposible.
Cada centímetro me costó otra parte de mi fuerza.
Finalmente, mis dedos llegaron al contenedor de basura.
Posos de café.
Toallas de papel.
Envoltorios de plástico.
Entonces…
el vial de medicamento azul.
Se había roto.
Se habían derramado varias dosis.
Sólo quedó una pequeña cantidad.
Mis manos temblaron violentamente mientras preparaba la inyección.
Oré para que fuera suficiente.
Pasaron las horas.
O quizás sólo unos minutos.
Sin poder, el tiempo ya no existía.
El apartamento se hizo más frío.
Las ventanas no reflejaban nada excepto oscuridad.
En algún momento escuché golpes.
Muy débil.
Luego voces.
Alguien gritando mi nombre.
Otro accidente.
Torsión de metal.
La puerta de entrada reforzada gimió.
Un último impacto explosivo resonó en el ático.
La luz inundó el pasillo.
“Señora. ¡Whitmore!”
Marcus.
