Mi tío salió del penal y todos le cerraron la puerta… excepto mi mamá, que lo abrazó llorando como si él no fuera el culpable. Años después, cuando nos iban a quitar la casa, me llevó a una fábrica abandonada y dijo: “Ahora vas a saber por qué me encerraron.”
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Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Sí.
La palabra me dolió más que el disparo. —¿Sabías que Ramiro era mi papá?
Asintió. —¿Y me dejaste creer que era un ladrón?
Antes de que respondiera, Arturo gritó: —¡Porque yo podía quitártelo! ¡Podía quitarte todo!
Los agentes lo sujetaron.
Él forcejeó. —¡Yo les di vida! ¡Yo los protegí!
Mi mamá lo miró como si por fin estuviera viendo el monstruo completo. —Nos diste miedo. Lo demás lo robaste.
Ramiro levantó la mano hacia mí. —Diego… no sueltes la carpeta.
La apreté contra mi pecho.
Y en ese momento entendí que todavía faltaba la peor verdad por salir.
