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"Sales solo con lo que llevas puesto, Mariana. Agradece que te deje salir."
La voz de Sebastián Luján sonaba calmada dentro de la fría oficina de Santa Fe—como si despidiera a un empleado, no a la mujer que había compartido su vida durante diez años.
Mariana estaba sentada frente a una gran mesa de madera, con las manos temblorosas. A su lado, su abogado asignado revisaba los documentos con una mirada que ya señalaba la derrota. Frente a la mesa estaban Sebastián, su equipo legal y Valeria Montes—la abogada más despiadada del mundo corporativo de Ciudad de México.
"Según el acuerdo prenupcial firmado en 2014", dijo Valeria, deslizando una carpeta hacia adelante, "renunciaste a todos los derechos sobre Luján Tech—acciones, propiedades, cuentas, inversiones, todo lo adquirido durante el matrimonio."
Mariana luchaba por respirar.
Había firmado ese acuerdo apenas unos días antes de su boda en San Miguel de Allende. Sebastián le había dicho que solo era una formalidad—algo para inversores, algo sin sentido porque se amaban. Ella le creyó. Ella lo había creído todo.
Creía que sus noches largas eran trabajo. Ella creyó en sus promesas de descanso tras cerrar tratos. Creía que los asistentes no significaban nada. Incluso le creyó cuando empezó a mirarla como si ya no perteneciera.
"Construí esa empresa contigo", dijo Mariana, con la voz temblorosa. "Hablé con los primeros inversores cuando no pudiste explicar tu propia idea. Organicé reuniones, guardé contratos, protegí tu imagen cuando casi todo se vino abajo en 2018."
Sebastián sonrió fríamente.
"No exageres. Vivías bien—casa de lujo, viajes a Madrid, cenas finas. No te hagas la víctima ahora."
Valeria dejó una checa sobre la mesa.
"Por buena voluntad, el señor Luján le ofrece doscientos cincuenta mil pesos."
Mariana la miró fijamente. Había gastado cinco veces más en un regalo para su nueva novia.
"¿Y mis pertenencias?" preguntó. "¿Mi móvil? ¿Mi ropa?"
