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“Damián… ¿qué es esto?”
—Esta es la contabilidad —dije rotundamente.
Arthur dio un paso al frente sosteniendo un grueso expediente legal.
“Selina Sterling, Godfrey Sterling, se les notifica una orden de embargo inmediato de bienes y una orden de restricción de emergencia. Además, las autoridades policiales locales han iniciado una investigación penal formal por negligencia médica contra personas mayores y adultos, robo mediante engaño y hurto mayor.”
Godfrey palideció.
“¡¿Qué?! ¡Nos engañaste! Dijiste que el dinero del acuerdo…”
—El dinero de la indemnización está a buen recaudo en el fideicomiso médico privado de mi esposa —interrumpí, poniéndome de pie—. No recibirás ni un centavo. Y a las ocho de esta mañana, el departamento del sheriff ejecutó una orden de desalojo sobre la casa. La camioneta fue embargada y el taller mecánico de Godfrey fue clausurado por orden judicial.
Selina jadeó, se llevó la mano al pecho y cayó de rodillas sobre el pulido suelo del hospital.
“¿¡Estás echando a tu propia madre a la calle?! ¿¡Por ella?!”
La miré desde arriba.
—Te envié cien mil dólares para que cuidaras de mi esposa —dije, mirándola con absoluta indiferencia—. La metiste en un cobertizo, le rapaste la cabeza, la dejaste morir de hambre y le robaste su regalo de bodas mientras luchaba por su vida.
Saqué el collar de colibrí dorado de mi bolsillo.
Lo había recuperado de la mesita de noche de Selina esa misma mañana, mientras estaba acompañado por la policía.
Lo sostuve en la palma de mi mano.
—Trataste a mi esposa como si fuera basura —dije con frialdad—. Ahora vas a descubrir lo que se siente al no tener nada.
**EPÍLOGO**
Seis meses después, la luz del sol primaveral entraba a raudales por los ventanales que iban del suelo al techo de una villa de recuperación situada en la costa de California.
