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PARTE 1
—Ese muchacho no se sienta con la familia. Que coma parado, para que recuerde que aquí está de sobra.
La frase salió desde la cocina justo cuando Esteban Salgado empujó la puerta de su casa, en una colonia tranquila de Querétaro.
Había regresado 4 días antes de una ruta a Saltillo porque el cliente canceló la entrega. Eran casi las 11 de la noche. La vivienda estaba a oscuras, sin televisión, música ni una sola lámpara encendida.
Sólo se escuchaba agua cayendo en el patio de servicio.
Esteban dejó su mochila y siguió el ruido. Allí encontró a Emiliano, su hijo de 16 años, arrodillado frente a una cubeta, tallando una sudadera con jabón de barra. Crianzade los hijos
Tenía los dedos rojos por el frío. A un lado, la lavadora funcionaba llena de ropa que no le pertenecía.
—¿Dónde está Marisol?
Emiliano levantó la cabeza, pálido.
—Se fueron a Puerto Vallarta —susurró—. Marisol, su mamá, su hermana y Kevin.
Kevin era el sobrino de Marisol, un adolescente de la misma edad que Emiliano y que llevaba 10 meses viviendo con ellos.
—¿Y te dejaron solo?
—Regresan el domingo. Dijeron que debía lavar todo, limpiar los baños y encerar el piso.
Esteban señaló la lavadora.
—¿Por qué tallas tu ropa a mano?
—No me dejan usarla. Doña Lourdes dice que gastar agua y luz en mis cosas es desperdiciar dinero.
Emiliano se jaló las mangas hasta cubrirse las manos. El movimiento fue rápido, automático.
Esteban sintió un vacío en el estómago.
—Súbetelas.
—Tengo frío, papá. Tiempo
—Hazlo.
El joven obedeció.
En sus brazos había moretones amarillentos, raspones y marcas oscuras alrededor de las muñecas. No parecían producto de una caída.
