Sobreviví al sabotaje de mi esposo y lo escuché brindar por mi muerte— heyily

Lucía entró, me abrazó una sola vez y después se convirtió inmediatamente en abogada.

—Quiero escuchar la grabación.

La reproduje.

Mauricio:

Yo mismo corté la manguera del freno.

Daniela:

¿Y si encuentran el cuerpo?

Mauricio:

Mejor.

Lucía no reaccionó hasta que terminó.

Después dejó el teléfono sobre la mesa.

—Esto no es fraude matrimonial.

—Lo sé.

—Es tentativa de homicidio.

Asentí.

Gabriel estaba pálido.

—Valeria, tenemos que ir a la fiscalía.

—Vamos a ir.

—¿Entonces por qué dijiste que esperáramos?

Miré a Lucía.

—Porque antes quiero saber qué intentaban conseguir además del seguro.

Ella comprendió enseguida.

—Crees que hay algo más.

—Dieciocho millones no salvan la empresa de Mauricio.

Gabriel frunció el ceño.

—Correcto. Su deuda total supera los ciento diez millones.

—Entonces el seguro era solo una parte.

Lucía abrió su computadora.

Durante las siguientes tres horas revisamos todo.

A las cuatro de la mañana encontramos la primera anomalía.

Una empresa llamada Azur Holdings había solicitado una línea de crédito utilizando como garantía futura varias participaciones que supuestamente pertenecerían a Mauricio tras mi muerte.

Eso era imposible.

Él no tenía derecho sobre mis acciones.

A menos que creyera que sí.

Lucía siguió revisando.

Luego encontró un documento.

Un poder notarial.

Firmado supuestamente por mí.

Le permitía a Mauricio administrar “activos matrimoniales y participaciones heredadas” en caso de incapacidad o fallecimiento.

Miré mi firma.

—Eso es falso.

Lucía acercó la pantalla.

—Muy falso.Gabriel murmuró:

—Entonces quería usar tu muerte para tomar control de algo mucho mayor que el seguro.

—Exacto.

Pero todavía no entendíamos cómo.

A las seis y cuarto, Gabriel encontró la respuesta.

Daniela no era simplemente mi “mejor amiga”.

Había trabajado brevemente en una firma que manejaba documentación corporativa para una subsidiaria de Montemayor.

Tres años antes.

Justo cuando comenzó a acercarse a mí.

Recordé nuestras comidas.

Sus preguntas.

“¿Tú nunca te metes en las empresas de tu familia?”

“¿Quién firma cuando estás fuera?”

“¿Mauricio podría administrar algo si te pasara algo?”

Yo había interpretado esas preguntas como curiosidad.

Ahora parecían interrogatorios.

Lucía cerró la computadora.

—Tenemos suficiente.

A las siete y media fuimos a presentar la denuncia.

Entregué la grabación original.

Mis teléfonos.

La evidencia del accidente.

La ubicación exacta de la camioneta.

La conversación sobre los frenos.

También expliqué lo de los documentos falsificados.

La fiscal que tomó mi declaración se llamaba Mariana Ortega.

Escuchó todo sin interrumpirme.

Cuando terminé, dijo:

—Señora Montemayor, necesito que comprenda algo. A partir de este momento, no vuelva a esa casa sola.

—No pensaba hacerlo.

—No contacte a su esposo.

—Tampoco pensaba hacerlo.

Mariana miró a Lucía.

—Y no congelen nada que pueda destruir evidencia financiera.

Gabriel respondió:

—No destruimos nada. Solo suspendimos nuevas líneas.

—Bien.

La investigación comenzó ese mismo día.

Mientras tanto, Mauricio seguía creyendo que yo estaba muerta.

A las nueve de la mañana llamó a emergencias para reportar mi desaparición.

A las nueve y treinta llegó al lugar del accidente.

A las diez lloraba frente a policías.

Uno de los investigadores llevaba una cámara corporal.

Más tarde vi el video.

Mauricio estaba impecable.

Camisa blanca.

Cabello peinado.

Ojos rojos.

Probablemente se había frotado la cara para parecer devastado.

—Mi esposa iba rumbo a Lerma —decía—. Me llamó gritando. Después se cortó la comunicación.

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