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Sebastián se puso de pie, ajustándose la chaqueta.
"Todo lo comprado con mi dinero se queda. La seguridad estará en el apartamento. Tienes dos horas. Sin joyas. Sin electrónica. Y no montéis un escándalo delante del niño."
Su hijo—Emiliano, de ocho años—había ido al colegio esa mañana, sin saber que su madre ya no tendría hogar.
En el ático de Reforma, los guardias esperaban con bolsas de basura negras. Mariana hizo la maleta con ropa vieja, zapatillas gastadas—piezas de una vida que tuvo en su día. Le entregó el móvil, las llaves, incluso un collar que le habían dado como "símbolo familiar".
El portero evitó su mirada mientras se marchaba.
Fuera, empezó a llover.
Se quedó allí sin nada—ni coche, ni móvil, ni casa—solo un cheque que ni siquiera podía usar todavía.
Al otro lado de la calle, vio a la nueva novia de Sebastián entrando... Llevaba su abrigo.
Y lo peor ni siquiera había empezado.
La primera semana, Mariana se alojó en un hotel barato cerca de una estación de autobuses. Las paredes eran finas, las noches ruidosas. Compró un teléfono de segunda mano y un portátil viejo que apenas funcionaba.
Solicitó todos los trabajos que se le ocurrieron: asistente, recepcionista, coordinadora. No respondió.
En Internet, los titulares contaban una historia diferente:
"Sebastián Luján se divorcia de su esposa desempleada."
"La caída de la señora Luján."
Nadie conocía la verdad: que ella había construido la mitad de su éxito tras bambalinas.
Para el mundo, ella era simplemente "la ex".
El dinero se acabó rápido. Sobrevivió con comidas instantáneas, lavaba la ropa a mano y cogía teléfonos prestados solo para llamar al colegio de su hijo—solo para que le dijeran que Sebastián no quería contacto "hasta que las cosas se estabilizaran".
Una noche tormentosa, sonó su teléfono.
Número desconocido.
Ella lo ignoró.
Sonó de nuevo.
"¿Señorita Mariana Rivas?" preguntó una voz refinada.
Se quedó paralizada.
"Me llamo Laurent Keller, llamo desde Zúrich. Hemos estado intentando localizarte."
Casi se rió.
"Si esto es una estafa, elegiste a la persona equivocada. No tengo nada."
"Por eso mismo sabemos que alguien interceptó nuestros mensajes", respondió con calma. "Las cartas enviadas a su casa fueron bloqueadas por el personal del señor Luján."
Su corazón se detuvo.
"¿Qué letras?"
"Tienen que ver con la muerte de tu tío abuelo en Lyon. Eres el único heredero del Fideicomiso Aurora."
Silencio.
Su padre siempre había dicho que su familia europea se había ido.
"¿Cuánto?" susurró.
Una pausa.
"Después de impuestos—alrededor de ochocientos cincuenta millones de euros. Además, propiedades, viñedos y acciones mayoritarias en una empresa de logística."
