**PARTE 2**
La sonrisa de Danielle se desvaneció por primera vez.
No levanté la voz. No discutí. Simplemente entré en el cuarto de servicio, cerré la puerta detrás de mí y me quedé en silencio.

El aire olía a humedad, como si la propia casa hubiera decidido olvidar ese rincón.
Solo entonces lo entendí de verdad: no solo lo que había hecho, sino con qué facilidad lo había hecho. Como si mi vida fuera algo temporal. Reemplazable.
Me senté en el borde de la cama plegable. El colchón se hundió bajo mi peso, delgado e implacable. Durante un largo momento, no lloré. Solo miré mis manos.
Luego me levanté otra vez.
Una por una, salí de nuevo al exterior y empecé a recogerlo todo.
No porque lo aceptara, sino porque necesitaba verlo con claridad.
Las fotos. Los álbumes. El chal. Las cosas de mi esposo. Cada objeto pesaba más de lo que debería, como si la memoria misma tuviera peso.
Danielle observaba desde el porche.
“¿Qué estás haciendo?” gritó.
“Ordenando”, respondí.
“Déjalo. Ya lo limpiamos.”
“No”, dije. “No limpiaste nada. Solo lo moviste.”
Después de eso, no la miré más.
Esa noche me quedé en el cuarto de servicio. No dormí mucho. Cada sonido de la casa me resultaba extraño, como si fuera una invitada en un lugar que yo misma había construido.
Por la mañana, preparé café en una taza agrietada que encontré en un armario. Luego abrí el cajón de mi viejo escritorio.
