Yo fincía estar completamente inconsciente cuando mi esposa le entregó al médico un sobre con dinero y ordenó: “No quiero seguir casada con un muerto que todavía respira”. Permanecí inmóvil aunque escuchaba cada palabra, incluso cuando hablaron de vender la casa después de treinta años de matrimonio; entonces el médico preparó una inyección, se acercó a mi brazo… y antes de aplicarla hizo algo que ella nunca llegó a ver.

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PARTE 2

Desde aquella noche, Arturo comenzó una rehabilitación clandestina.

Durante el día permanecía inmóvil.

Por la noche entrenaba.

Primero movía los dedos. Después de la muñeca. Luego seguiría levantar algunos centímetros una pierna.

Su cuerpo respondía tarde, como una máquina abandonada durante años, pero respondía.

La única persona que lo trataba como ser humano era Rosa, una enfermera de sesenta años contratada para cuidarlo.

—Vamos, don Arturo —le decía mientras abría las cortinas—. Mire nomás qué bonito amaneció. Ya están floreando las jacarandas.

Arturo deseaba apretarle la mano.

Nunca lo hacía.

Si Verónica descubría que estaba recuperándose, sabía perfectamente lo que sucedería.

Mauricio acudía dos veces por semana.

Tomaba presión, revisaba reflejos y escribía informes falsos sobre un supuesto deterioro progresivo.

Cuando estaban solos, hablaba junto al oído de Arturo.

—El medicamento está funcionando. Tus reflejos están cambiando.

Una tarde confesó toda la verdad.

—Yo conocí a Verónica antes que tú. Estaba enamorado de ella en la universidad. Nunca se lo dije. Hace siete meses me buscó llorando. Me contó que eras controlador, que la tratabas mal, que la tenías atrapada económicamente.

Mauricio tragó saliva.

—Le creí porque quería creerle.

Arturo escuchaba.

—Me preguntó cómo podía ocurrir una falla en los frenos sin que pareciera sabotaje. Yo, como imbécil, se lo expliqué. Pensé que era una conversación absurda. Después de que ocurrió tu accidente.

Mauricio respiró profundamente.

—Cuando llegué al hospital y vi su cara, lo entendí todo. Tú estabas peleando por vivir y ella preguntaba cuánto tardaría alguien en declararte incapaz.

Mauricio había cometido un error terrible.

Pero desde entonces llevaba meses intentando corregirlo.

El tratamiento experimental que administraba a Arturo era un neuroestimulador que todavía no estaba autorizado comercialmente en México. No garantizaba nada, pero los primeros resultados eran sorprendentes.

—Ella cree que te estoy administrando algo para ir apagándote —explicó—. En realidad estoy haciendo lo contrario.

También había comenzado a grabar sus conversaciones con Verónica.

Órdenes.

Amenazas.

Comentarios sobre el sabotaje.

La venta de la casa.

El dinero.

Hacer.

—Tengo cuatro meses de grabaciones guardadas en una caja de seguridad. También conservé el sobre que intenté darme. Tiene sus huellas.

Mauricio hizo una pausa.

—Y hay otro problema.

Arturo sintió la tensión en su voz.

—Hay otro hombre.

Era Emiliano.

Treinta y nueve años, entrenador privado, automóvil nuevo, ropa de diseñador y una arrogancia que llenaba cualquier habitación antes que él.

Arturo comenzó a verlo porque Verónica ordenaba que lo trasladaran en silla de ruedas a la sala cuando llegaban compradores.

Lo estacionaban junto a una ventana como si fuera un mueble.

Una tarde entró Emiliano, besó a Verónica en el cuello y miró a Arturo.

—¿Seguro que no entiende?

—Nada —respondió ella—. Tiene el cerebro destruido.

Emiliano se acercó y chasqueó los dedos frente a sus ojos.

Arturo miró un punto de la pared.

Ni pestañeó.

—Qué miedo.

—Es prácticamente un vegetal.

Emiliano se alejó.

Arturo memorizó su rostro.

Una semana después escuchó la conversación definitiva.

Mauricio estaba sentado frente a Verónica en la sala.

—Teníamos un acuerdo —dijo él—. Dijiste que después de esto estaríamos juntos.

Verónica acarició su mejilla como quien calma a un perro.

—Y estaremos juntos cuando hagas tu parte.

—Ya hice demasiado.

—No. Arturo sigue vivo.

—La venta puede hacerse con el poder notarial.

—No quiero que ningún abogado venga después de impugnarlo. La firma es el día veintisiete. Para entonces necesito ser viuda.

Mauricio palideció.

—¿Veintisiete?

—Veintisiete.

Aquella noche, cuando quedaron solos, Mauricio se inclinó hacia Arturo.

—Nos quiere borrar a los dos.

Arturo sintió frío.

—Después de ti voy yo. Sé demasiado.

Mauricio le explicó el plan.

La noche del veintiséis suspendería el medicamento que mantenía a Arturo aparentemente desconectado. Lo sacaría de la casa y lo llevaría a una clínica privada en Querétaro donde un antiguo colega podía protegerlo.

Desde allí contactarían a la Fiscalía.

—Tengo las grabaciones. Tengo el dinero. Tengo fechas. Incluso anoté todo lo relacionado con lo que le expliqué sobre tus frenos. No puedo decir que soy inocente, porque mi estupidez casi te cuesta la vida. Tendré que responder por eso.

Mauricio tomó la muñeca de Arturo.

—Pero ella también responderá.

Luego añadió:

—Solo necesito que aguantes dos días.

Arturo rompió por primera vez su regla.

Cerró los dedos alrededor de la mano de Mauricio.

Débilmente.

Pero lo hizo.

Mauricio quedó inmóvil.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, aunque no dijo nada.

Los veintiséis por la noche, Verónica preparó una cena.

Puso velas.

Sacó la vajilla de aniversario.

Preparó pato con manzana, el mismo platillo que hacía cuando Arturo y ella todavía celebraban sus aniversarios.

Mandó a Rosa a descansar.

—Yo lo cuido esta noche.

Esa frase alarmó a Arturo.

Mauricio llegó a las ocho.

Traía traje.

Verónica llevaba el vestido negro que Arturo le había regalado por sus veinticinco años de matrimonio.

—Mañana comienza nuestra nueva vida —dijo ella.

Sirvió vino.

Mauricio apenas bebió.

Mientras cenaban, Verónica se levantó.

—Voy por el postre.

Pasó detrás de Mauricio.

Arturo vio todo reflejado en la vitrina del comedor.

Verónica sacó un frasco diminuto del vestido.

Abrió la tapa.

Y vertió el contenido dentro de la copa de Mauricio.

Él no lo vio.

Tomó la copa.

Bebio.

Arturo reunió toda la fuerza acumulada durante cinco meses y lanzó un sonido ronco, deformado.

Mauricio giró.

Por primera vez sus miradas se encontraron realmente.

Y entonces el médico miró su copa.

Comprendió.

Intentó provocarse el vómito.

Ya era tarde.

Sus piernas comenzaron a fallar.

Pero antes de caer, hizo algo que Arturo no entendió.

Sacó de su maletín una jeringa.

Cargó una sustancia.

Se acercó tambaleándose a la vitrina y tomó una botella antigua de vino que Verónica reservaba para celebrar la venta.

Clavó la aguja atravesando el viejo corcho.

Inyectó todo.

Sacó la jeringa.

O dejar caer detrás del mueble.

Y regresó a la mesa justo cuando Verónica regresó con el postre.

Mauricio consiguió mirar una última vez a Arturo.

Y sonrió.

Entonces cayó al suelo.

Verónica no llamó inmediatamente a una ambulancia.

Miró su reloj.

Esperó.

Y Arturo comprendió que acababa de presenciar otro asesinato.

Pero todavía no entendía qué había puesto Mauricio dentro de aquella botella.

Ni que, antes del amanecer, Verónica pensaba brindar con ella.

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